Bajo la batuta del gran maestro Juanjo Mena acompañados del pianista Javier Perianes, este concierto (en el Teatro de la Maestranza de Sevilla el pasado 29 de diciembre) ha iniciado la celebración de los aniversarios de ambas instituciones, ya que en 2019 la Fundación Barenboim-Said cumple 15 años, y la Orquesta Joven de Andalucía 25.

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Fue en tiempos de bonanza económica –que se suponía eterna- cuando se impulsó la creación de la Fundación Barenboim-Said, un proyecto auspiciado –todo hay que decirlo- por la evidente sintonía política entre los diversos actores, pero que había sido previamente rechazado –y esto es algo que debe saber la opinión pública- ¡por alemanes y austríacos!, ante la imposibilidad de asumir los costes financieros, en tanto nosotros, unos auténticos pigmeos musicales comparados con berlineses o vieneses, nos convertíamos en filántropos de nuevo cuño, prestos a acoger una iniciativa que países infinitamente más cultos habían desestimado, insisto, por onerosa. Resulta difícil, en cambio, no compartir la tesis de Barenboim: “Los gobiernos, afirma, tienen que entender que la música es absolutamente necesaria para un porcentaje bastante pequeño de la población, y esto es debido a que no hay educación musical; si la hubiera, habría un interés numérico mucho más grande y todo sería menos caro; hay que invertir más dinero en educación; lo que yo hago es un proyecto humano para mejorar la calidad de vida y educar musicalmente a jóvenes”. Imposible no coincidir con el maestro.

El Concierto nº 27, en Si bemol mayor K.595,  una obra que cierra la serie y representa la última actuación pública de su autor como virtuoso, emparenta por su factura con los Conciertos anteriores: el diálogo entre el solista –pletórico Perianes de contención y equilibrio- y la orquesta se hace más íntimo y personal, la emoción está más contenida y el conjunto está sumido en una atmósfera suave y singularmente transfigurada. Al final -así lo expresó Perianes-, la sencilla melodía de una canción transforma los melancólicos sueños del tiempo lento en algo más vivo y luminoso.

En el otro extremo, Stravinsky, el compositor que rompe violentamente toda relación con la técnica de la tradición, logrando crear un mundo musical propio cuya aparición deslumbrante mezcla lo instintivo y lo culto. La consagración de la primavera es una obra orgiástica, audaz, de inspiración virtuosista, poética, una especie de manifiesto de lo por venir, un frenesí rítmico y sonoro, donde parece desencadenarse con inaudita violencia toda la barbarie del alma primitiva.

Juanjo Mena, cuyo talento y experiencia profesional le han llevado a dirigir los más prestigiosas agrupaciones sinfónicas, ha cimentado su talento en un repertorio ecléctico y pleno de contrastes, como el que hoy comentamos, que le permite transitar con solvencia de Mozart a Stravinsky, dos mundos tan opuestos como atractivos. Aforo completo, ovaciones entusiastas. Sendos extras remataron la interesante velada.

P.d. Al redactar estas líneas, sería mezquino por nuestra parte no evocar la actuación de Rafael Frübeck de Burgos en este mismo escenario en una Consagración memorable. Como hoy en la OJA.

 MFR