Quiero contaros una vieja historia, buena por lo breve y oportuna porque su sentido metafórico describe claramente nuestro momento vital: una vez había dos ratones golosos dando vueltas al borde de un gran tarro de leche densa recién ordeñada (antes existía este tipo de leche), pero en un descuido, ambos acabaron cayendo en el tarro. Uno de ellos empiezó a atizar desesperadamente manos y pies sin control y agotado se ahogó; el otro empezó a nadar en una dirección dando vueltas sin parar hasta el límite de sus fuerzas, comprobando que la leche era cada vez más densa. Al final, la leche se convirtió en mantequilla y pudo escapar.

Esto mismo está ocurriendo en miles de empresas y profesionales, que simplemente han caído en el vacío de la digitalización. Se enfrentan a una tecnología que no conocen, buscan empleos para los que no son competentes, apuran sólo el día a día sin prepararse para el futuro, aunque ni siquiera comprenden el presente: olvidaron de dónde venimos y, por ello, acaban “ahogados” por el mismo sistema que ayudaron a crear.

Cuando pienso en las referencias del pasado, no dejo de pensar en la Utopía y en cómo imaginaba Tomás Moro una sociedad de ciudadanos libres instruidos en agricultura y otros oficios en función de sus aficiones, aptitudes y necesidades del colectivo; una jornada laboral para toda la gente válida de seis horas, suficientes para proveer lo necesario y el resto para descansar y desarrollar su creatividad e inteligencia para propia satisfacción y la de la comunidad. Esto lo decía en 1516 y han pasado 502 años, pero al parecer aún no somos capaces de entenderlo.

No sé si la posterior revolución industrial, que surgió siglos más tarde, la transformación del trabajo, la evolución de las ciencias -no tanto de las artes- habrán valido tanto la pena, cuando el colectivo de gente que trabaja, que no es toda, apenas disfruta de lo que hace, difícilmente ocupa un puesto según su capacidad, porque nunca se la ha evaluado y, sin duda, muy pocas veces es feliz, ya que tiene poco tiempo personal o bien está demasiado ocupado en comprar nuevos artilugios que no sabe cómo pagará.

Las empresas están tan ocupadas en su competitividad que olvidan con frecuencia descubrir cuánto talento tienen en su gente y, por ello, no pueden retener a los mejores y asumen que el mercado es una bola de nieve imparable a la que hay que subirse para no desaparecer; y éste es un arte de la realidad. El otro sería tratar de hacer un plan individual como el segundo ratón del cuento, o mejor un proyecto empresarial diseñando un marketing, que “de verdad” tratara de crear productos y servicios para mejorar la vida de los demás a partir de necesidades reales, evitando esclavizarlos en un consumismo voraz desde la infancia.

No tengo grandes esperanzas en que esto cambie porque, al final, todo es economía y los políticos sus servidores, que tampoco se preocupan de la gente -quizás de su cartera y de su voto- pero no de su felicidad. No obstante, nuestra esperanza es que no pueden evitar que cada persona individualmente puede cambiarlo todo si es capaz de buscar un sentido a la vida y llegar a descubrir que siempre es mejor partir de los sueños de la infancia, que son nuestros, que dedicar nuestra existencia a realizar los sueños de otros.

Miquel Bonet

Abogado, profesor, autor de “Búscate la vida”