Hace un tiempo me viene interesando la línea de pensamiento económico abierta en la Universidad de Bolonia por un grupo de profesores liderado por Stefano Zamagni. Ellos hacen una revisión del paradigma neoclásico dominante en la ciencia económica cuestionando los supuestos en que se apoya, tantas veces asumidos casi como evidentes e incuestionables a nivel científico e incluso popular. Parten del estudio de la escuela italiana de economía civil, que se desarrolló en Nápoles y Milán en el siglo XVIII, pero que quedó eclipsada por el impulso de la escuela anglosajona desde Adam Smith y sus seguidores (economía clásica y neoclásica).

Este grupo de Bolonia está repensando toda la teoría económica. Arrancan de los supuestos neoclásicos, frecuentes en los manuales más usados, y los someten a crítica, mezclando adecuadamente análisis económico, antropología y ética.

La economía neoclásica, tan difundida hoy, tiene como referente al homo oeconomicus. Según tal forma de entender al ser humano, este actúa siempre según el principio de la racionalidad económica, que consiste en maximizar el beneficio individual. Y este modelo, cuyo origen estaría en el análisis del comportamiento económico, tiende a extrapolarse luego a toda vida humana. Se afirma, entonces, que el ser humano actuaría siempre según ese criterio. Y se propone además como el mejor modo de actuar, que para nada debe ser cuestionado.

¡Ojo! En este razonamiento se superponen varios niveles. ¿Puede decirse que ese es el esquema con que funcionamos siempre los humanos en las operaciones económicas? ¿Cabe suponer que eso responde de tal modo a nuestra psicología que es de esperar lo apliquemos en todos los ámbitos de la existencia? ¿Es esa la mejor forma, la forma más humana, de actuar, tanto en lo económico como fuera de ahí? Son tres preguntas que se mueven en niveles distintos: la primera es fáctica; la segunda, antropológica; la tercera, ética.

No es banal separar esas tres cuestiones. Ponen de relieve que nos movemos en niveles diferentes, que muchas veces confundimos. Pero nos ayudan también a comprender que no son independientes: más concretamente, que la reflexión ética no puede desentenderse de lo que ocurre en la realidad, y menos aún ignorar la concepción de persona humana que subyace.

Apliquemos ahora estas premisas al homo oeconomicus. ¿Es cierto que siempre actuamos buscando el máximo beneficio individual? ¿Qué imagen de la persona humana subyace a esta visión de su comportamiento? Y si así fuera, ¿nos quedaríamos satisfechos con ello? ¿Sería ese el modelo que propondríamos a nuestros hijos a la hora de educarlos?

La economía civil parte de otro supuesto: que la persona es un ser más complejo, donde son fundamentales las relaciones interpersonales, y que esta manera de ser se manifiesta incluso cuando administra sus recursos económicos. Y esta visión alternativa no es un ideal, sino algo que se observa en la realidad cotidiana. La persona puede actuar buscando solo su beneficio, y puede actuar también por puro altruismo (sin esperar nada a cambio). La realidad difícilmente puede reducirse a esos dos extremos. Para hacerlo ver se recurre a una nueva categoría: la reciprocidad. En nuestras relaciones interpersonales por lo general esperamos ser correspondidos. Pero no siempre en términos mercantiles, de modo que no doy nada si no es a cambio de algo de valor equivalente, que además tengo garantizado de antemano (como si fuera un contrato). En mis relaciones yo espero algo, espero ser correspondido, pero esa correspondencia ni se encarna en un objeto material, ni tiene un valor objetivo, ni queda garantizado de antemano, ni se espera puntualmente como respuesta a cada acto concreto. 

Y uno espera porque confía. La confianza es una experiencia humana y un valor. Cuando falta del todo, no hay mercado que funcione. El intercambio mercantil existe, pero no lo explica todo: ni la economía se puede explicar solo desde ahí, ni al ser humano se le entiende solo desde esa categoría.

Ahora bien, si nos empeñamos en privilegiar esa categoría mercantil como la más adecuada para entender la realidad económica, contribuimos a una cultura que reduce el ser humano a intercambiador de objetos. Un análisis simplificador de la realidad termina empobreciendo nuestra idea del ser humano y nuestra ética.

Ildefonso Camacho SJ | Universidad Loyola Andalucía

Artículo incluido en el número de febrero de la revista Agenda de la Empresa

Artículo incluido en la revista de abril de Agenda de la Empresa