¿Quién de nosotros no ha avisado a un fontanero ante un escape de agua? Bien, imaginemos que cuando se presenta en nuestra casa, viene sin equipo y con un libro de instrucciones para buscar la avería, nos sorprendería, ¿verdad? Ocurre lo mismo con andar en bicicleta, cuando aprendimos, lo hicimos simplemente montándonos en una bici y sufriendo alguna caída, porque no hay otra forma; los manuales no sirven, solo vale la práctica. Pero, curiosamente, nuestros políticos, como máximo, vienen con el manual, a veces con un título universitario o alguna experiencia en la función pública, pero la mayoría nunca vivieron la gestión empresarial, no movieron recursos, no organizaron proyectos, ni siquiera lideraron más allá que una peña o la comunidad del barrio.

Las personas qué han pasado su vida en una empresa privada, tratando de optimizar su gestión día a día, presionadas por objetivos, condicionadas por la competencia, tratando de justificar su sueldo para demostrar permanentemente su eficiencia, seguramente saben de qué estoy hablando; y si, además, han contribuído a mejorar el trabajo de los demás, desde un área de recursos humanos han seleccionado por competencias, han promovido planes de formación o bien han optimizado el plan de carrera de otros, saben lo que es la gestión.

La mayoría de nuestros políticos jamás han pisado una empresa, que es precisamente el motor que mueve un país. No saben en qué consiste generar recursos que se deban administrar con diligencia y honestidad, ni siquieran aprendieron a dirigir, aunque en algún caso han ejercido cierto liderazgo social, la mayoría no saben comunicar, por tanto no escuchan y, claro, no tienen la mínima idea de lo que representa negociar. El resultado aquí es evidente, con la ingente cantidad de recursos mal empleados; trenes AVE que no van a ninguna parte: autovías solitarias; obra pública absurda; y, lo peor, subvenciones sin sentido, porque no suponen ninguna obligación para el que las percibe; como ejemplo el famoso subsidio de desempleo que pagamos entre todos, pues la cuota individual es un porcentaje mínimo, cuya finalidad sería dar una ayuda temporal y limitada con la obligatoriedad de buscar empleo, aunque muchos lo interpretan como unas vacaciones pagadas y nadie controla la acción de búsqueda.

Criticar es fácil y que deberíamos relativizar lo asumo pero, sin duda, la idea que subyace es que nadie exige a los políticos y a la mayoría de administradores de bienes públicos que sean profesionales, mientras que un taxista debe acreditar su oficio, y lo mismo un médico, abogado, pastelero o albañil; pero al político, ¿quién le pide un carnet profesional? Y yo me pregunto, ¿no deberíamos exigir a la gente que se supone gobierna o gestiona los recursos que aportamos los trabajadores, en forma de impuestos, tasas, cotizaciones, etc., que haga algún curso o tenga una formación adecuada? A un trabajador que hace mal su trabajo se le despide, pero ¿quién despide al político lerdo? Esperamos cuatro años. ¿Quién fiscaliza lo que hace? ¿Otros incompetentes como él? ¿Y cómo resolvemos la crispación que a menudo provocan a los ciudadanos? Yo sugiero la mentorización. Hay profesionales provenientes del mundo empresarial que seríamos muy solidarios para ayudar si hay actitud para ello, hay mucho talento injustificadamente apartado de la gestión empresarial que podría colaborar, aunque para eso haría falta sentido común de los que tienen el poder y algo más de humildad para asumir lo que no saben. Qué lástima que no haya evaluaciones trimestrales, o selectividad, porque caerían muchos suspensos, se lo aseguro.

Miquel Bonet

Abogado, profesor, autor de “Búscate la vida”