La nueva música y, sobre todo, la que es nueva en más hondo sentido,

la nueva música francesa, carece de popularidad” (José Ortega y Gasset)

El más perfecto (Ravel) entre todos los relojeros suizos” (I. Stravinski)

Ravel, que jamás buscó la gloria y que, si algo tuvo en común con Debussy, fue, en todo caso, el mismo temor baudelairiano de “convertirse en la expresión de su medio ambiente”, murió -paradoja del destino- mundialmente famoso en 1937.

Siempre se ha venido considerando de gran importancia el hecho de que Ravel haya sido el único de los compositores contemporáneos que en virtud, tal vez, de una sola obra, el “Bolero”(1), ha conquistado un campo de público más vasto, introduciéndose en cabarets, cines, incluso en la calle, prueba evidente de su ‘inferioridad espiritual’, según sus adversarios; en todo caso, de su flexibilidad artística acomodaticia: un artista que se respete a sí mismo -concluían sus detractores- no consigue cosechar tales éxitos en vida.

Se negó a formar en las filas de la Legión de Honor provocando el comentario de Eric Satie: “M.Ravel rechaza la Legión de Honor, pero toda su música la acepta”. Asimismo, su admiración por España queda reflejada en las numerosas obras que hacen referencia a nuestro país(2).

Cinco años más tarde, después de un tiempo de indecibles sufrimientos, producidos por una enfermedad cerebral que le tuvo privado de buena parte de sus facultades retentivas, dejaba de existir. En esta, su última fase de labor creadora, hay que situar el Concierto para la mano izquierda, compuesto para el mutilado de guerra alemán Paul Wittgenstein (hermano del filósofo), quien apenas interpretó la obra, por cierto. En todo caso, las influencias pueden determinarse con bastante precisión: Schönberg, el folklore húngaro, el jazz (blues de la sonata para violín); el primer movimiento del Concierto para piano, el boston de L’enfant et les sortilèges… Ravel en su último período se distancia del mundo impresionista cuyas huellas van haciéndose cada vez más raras. Como confiaba a uno de sus íntimos: “Tengo todavía tanta música en mi cabeza. Aún no he dicho nada…”.

(1) “Una pieza para orquesta sin música” (M. Ravel).

(2) Pavana para una infanta difunta(3), Habanera, La hora española, Rapsodia española, tres bellísimas canciones de Don Quijote a Dulcinea, compuestas para la película sobre la vida del ingenioso hidalgo, últimas obras que Ravel dejó completas.

(3) Acerca de la interpretación fúnebre de esta obra, Ravel solía insistir en que había compuesto una ‘pavana para una infante difunta, no una pavana difunta para una infanta…’.

Miguel Fernández de los Ronderos

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Artículo incluido en la revista de mayo de Agenda de la Empresa