En mayo del pasado año tenía lugar la presentación del libro que da título a este artículo. Su autor -el prestigioso cirujano cardiovascular Carlos A. Infantes Alcón- rescata la vida y la obra de su padre, Francisco Infantes Florido, un intelectual, fundador de la revista Nueva poesía, amigo epistolar de Lorca, Unamuno y Miguel Hernández, cuya significación política le llevó a la clandestinidad (estuvo a punto de ser fusilado, como varios de sus compañeros). Contrajo matrimonio con una persona de ideología conservadora, cuyo hermano fue fusilado ‘por sus ideas’. Aun así, lograron formar una familia y criar a sus tres hijos en un ambiente de armonía, sin rencores ni revanchas. Y sin memoria histórica… Desgraciadamente se está perdiendo esa concordia que se inició con la Transición. No se entiende que haya que olvidar a la ETA y haya que recordar lo que pasó en España hace tantos años. El artífice de la resurrección del odio y del enfrentamiento fue el presidente Rodríguez Zapatero, que no habló de “memoria histórica” en su investidura de 2004, ni figuraba en su programa electoral, pero que fue el señuelo del que se sirvió para azuzar a unos contra otros y movilizar a un radicalismo de los nietos que enmendaba la voluntad de sus abuelos. Como afirma el académico Juan van Halen(1), algo así le ocurrió con el independentismo catalán al que dio oxígeno con aquella irresponsable promesa de que “no se cambiaría ni una coma del proyecto de Estatuto de Cataluña que saliese del Parlament”. Zapatero reabrió heridas que estaban cicatrizando con la Ley de Memoria Histórica, una bomba con espoleta que revienta la convivencia. Todo eso -sacar a sus antepasados de las cunetas, en ambos bandos- tenía que haberse hecho con discreción. El daño a la convivencia es brutal. ¿Por qué no una ley de desmemoria histórica? “Todo este revanchismo -en palabras de Francisco Vázquez y Vázquez, ex alcalde de La Coruña y ex embajador de España- alentado desde el gobierno sanchista nos retrotrae a los españoles a 1939, ya que los mismos discursos y políticas de entonces son los que hoy se aplican, simplemente invirtiendo los términos: esta Ley de Memoria Histórica sustituye a la Ley de Represión del Comunismo y la Masonería; terror rojo y terror azul. Paracuellos y Badajoz. Todos en algún momento fueron víctimas o verdugos”.

No es defendible -añado- que la memoria democrática se reduzca a los asesinados de un solo bando(2). Hay una urgencia crítica para que los españoles de hoy asumamos por fin los horrores de la guerra civil. La Transición debe abordarse como un hecho histórico capital, con sus logros y, por supuesto, con sus deficiencias. Lo esencial fue que las dos Españas se reconciliaron tras cuarenta años de dictadura y una terrible guerra civil; que se recuperaron en democracia todas las libertades; y que terminó un largo aislacionismo incorporándonos a Europa. No reconocer esto es, en el mejor de los casos, ignorancia y, en el peor, permítaseme la palabra, un negacionismo de muy peligrosa deriva. La memoria histórica, cuando se aborda fragmentada por los herederos de una de las dos Españas, constituye el mayor obstáculo para que se imponga definitivamente la consigna final de Azaña: “Paz, piedad, perdón”, un olvido que no es desmemoria sino reconciliación.

Miguel Fernández de los Ronderos   |   informaria@informaria.com

Artículo incluido en el número de diciembre de la revista Agenda de la Empresa

(1) Juan van Halen (ABC 28-08-2019)

(2) Artículo galardonado con el Premio Mariano de Cavia 2017, publicado en El País el 28-XII-2017.