Es curioso en qué comienza a fijarse nuestra atención cuando cambiamos de tercio… Hoy me encontraba en el garaje haciendo mi rutina de 1 hora de elíptica, encendí mi spotify para mantener un buen ritmo y ahí que me puse a darle con ganas a los pedales y a los brazos… Ejercitar el cuerpo también es una magnífica manera de ejercitar la mente y de cuidar tus emociones, pues la liberación de endorfinas contribuye al fortalecimiento del sistema inmunitario ¡una medicina cotidiana que no suele aparecer en los telediarios! Mi mirada permanecía fija al frente, teniendo por todo paisaje la escalera del garaje, en concreto, los 9 escalones que llevaban hacia a la puerta de la primera planta. De tanto mirar “pa lante”, empecé a fijarme en cómo la luz bañaba la escalera, lo hacía de forma desigual, de tal manera que había algunos escalones completamente oscuros; otros pocos, completamente brillantes y, la mayoría quedaban envueltos por un abrazo claroscuro, “¡como nosotros!” pensé…

Humanidad claroscura

Seguí ejercitándome sin apartar la mirada de aquella escalera, parecía un símil de la humanidad entera… Al igual que aquellos pocos escalones, no creo que haya personas 100% oscuras ni 100% claras, como humanos que somos, todos estamos bañados por el claroscuro, tenemos luces y sombras, bondades y “áreas de mejora”… Todos tenemos una esfera pública y otra más privada, más íntima… Todos elegimos con qué intensidad nos mostramos y qué parcelas nos reservamos y eso, al igual que a los escalones, nos dota de interés, quiero decir que nos hace interesantes, se convierte en acicate para seguir adelante… Esa imperfección forma parte de nuestro personal corazón, esa aceptación del claroscuro nos invita a descubrirnos, a profundizar en nuestra propia subjetividad para desvelar parcelas de nuestra habilidad que aún no conocíamos y para invitarnos a la reflexión sobre aquello que parecía estar claro.

La visión de la ubicación

Ya casi había concluído mi hora de elíptica cuando reparé en otro aspecto del claroscuro de la escalera. Desde donde yo me encontraba, es decir, en el garaje, los dos primeros escalones eran los iluminados y los que estaban cerca de la puerta eran los totalmente oscuros, me dió por pensar que, si esa escalera fuese la vida, el mensaje quedaba bastante claro (¿o no?): cuando llegamos al mundo somos totalmente inocentes, transparentes, sinceros, llenos de ilusiones, esperanzas, proyectos, con el corazón repleto de afectos, muchas ganas de repartirlos y más aún de aprender… Según vamos subiendo escalones, cuando nos aproximamos más al final, parecemos metamorfosearnos en seres algo más desconfiados, con el corazón y la mente algo más cansados, creyendo estar de vuelta de todo…

Aún en la bici elíptica, descendí con la mirada, desde la puerta, lentamente, los escalones, empecé a sacar otras conclusiones… ¿y si fuera al revés? ¿y si la vida comenzase en los escalones oscuros y terminase en los claros?, podría ser que diéramos nuestros primeros pasos desde el desconocimiento, dejándonos guiar y según avanzamos en nuestro caminar y bajamos un nuevo peldaño comenzamos a aprender, comenzamos a iluminarnos y a entusiasmarnos por nuestros descubrimientos, empezamos a experimentar el disfrute por vivir el momento (nuestro momento) y para cuando llegamos al final, nos encontramos con los dos escalones iluminados, es decir, cuando ya por fin hemos aprendido y somos más sabios, ya es el momento de abandonar la escalera…

Terminé mi ejercicio y me quedé unos segundos frente la escalera… Ya empieces a contar desde la puerta o desde el garaje, hay una lección certera: la vida esta hecha con los escalones de la confianza, del criterio, de la pasión, de la lealtad, del valor, del coraje… Para aprovechar bien el viaje, no intentes sentirte todo el tiempo seguro pues recuerda que el mundo es claroscuro…

María Graciani

Escritora, conferenciante,  periodista

@m_graciani

Artículo incluido en la revista de mayo de Agenda de la Empresa