Entre 1947 y 1949 nació en Francia el movimiento de los Traperos de Emaús. Su creador, el Abbé Pierre, lo concibió como un lugar de acogida para gente sin techo. Las dificultades para financiar una obra así le llevaron a esta solución: recoger basura para vender todo lo que encontraran en ella que pudiera ser útil para alguien.

Este movimiento se ha extendido hoy por casi cuarenta países. Su nombre, Emaús, está inspirado en una página del Evangelio: aquella en que se nos narra cómo Jesús resucitado se aparece a dos que van camino de la ciudad de Emaús, decepcionados porque las cosas no habían sucedido como ellos esperaban. En el camino de Emaús reencontraron la esperanza. Los traperos de Emaús han logrado devolver la esperanza a muchos que no parecían tener sitio en este mundo de abundancia.

Los Traperos, ¿pioneros de qué? De lo que hoy llamamos la economía circular. Ellos, acuciados por la necesidad de sobrevivir, intuyeron que mucho de lo que se desechaba en nuestras sociedades consumistas podía ser todavía aprovechable y generarles unos ingresos que nadie les daba ocasión de obtener.

Hace 50 años no se hablaba de economía circular, ni siquiera existía esa expresión. Hoy se escribe, y mucho, no solo de economía circular, sino de su opuesto, la economía lineal. Esta última procedía según una secuencia muy simple (lineal): extraer/producir/consumir/eliminar. El proceso siempre se apoyó en los recursos naturales. Pero hoy se facilita con el desarrollo de la tecnología, se acelera con el crecimiento demográfico y la mejora de las condiciones de vida, se dispara con el afán consumista del “usar y tirar”.

Ahora bien, ese proceso comienza a quebrar por el comienzo (los recursos naturales son limitados y amenazan con agotarse) y por el final (los residuos nos ahogan).

La economía circular nace de una pregunta: ¿y si los desechos se convirtieran en recursos? Ese es el modo en que la naturaleza funciona. En ella no hay desechos, porque todo lo que se genera termina siendo aprovechado por otro organismo: en eso consiste la circularidad.

Los Traperos de Emaús solo pretendieron sobrevivir ellos. Nuestro problema hoy, el de la economía circular, es sobrevivir todos. Está en juego el futuro de la casa común.

Cuando todo esto se mira con perspectiva, se descubre no solo que se cuestiona nuestro modo de vida consumista e irresponsable; emerge además un horizonte de grandes posibilidades: una llamada a disfrutar más de lo que tenemos (que resista a las estrategias de obsolescencia programada), un cuestionamiento del “usar y tirar” o de las modas efímeras, una invitación a entender el bienestar menos ligado al tener y a lo material… Los primeros que tenemos que “reciclarnos”, reeducarnos, somos nosotros. Y no solo por motivos éticos: ante todo porque la realidad se nos impone. Pero la ética nos ayuda a ver en la realidad una llamada a repensar nuestras convicciones más profundas: más profundas, no porque las hayamos pensado mucho, sino porque las tenemos muy interiorizadas y son las que realmente dominan nuestro comportamiento.

Pero la economía circular hay que pensarla, asimismo, en términos económicos. En cuanto que produce y distribuye. Pero replantea nuestro modo de producir: ¿por qué no reorientar el avance tecnológico hacia formas de producción que reincorporen los desechos en vez de eliminarlos? ¿por qué no frenar la producción intensiva de bienes materiales y favorecer la producción de servicios (que precisan menos recursos naturales)? Igualmente se beneficiaría la distribución: porque estas actividades son susceptibles de crear empleo, lo que permitirá a más ciudadanos (trabajadores) participar en la renta generada.

La reflexión ética no es un discurso ajeno a la realidad económica. Y la economía circular es un ejemplo elocuente de ello.

Se acerca la Navidad. Días entrañables para muchos. Pero días también de desenfreno consumista. Es lástima que esos tengan que ser dos aspectos inseparables de las fiestas navideñas… No pretendo hacer ingratos a nadie estos días con discursos impertinentes. Pero quizás valdría la pena distanciarse de lo que el ambiente nos impone (luces, escaparates, cotillones y todo lo que ello implica). En esa distancia brotarán preguntas que nos abrirán a otros horizontes.

Ildefonso Camacho SJ | Universidad Loyola Andalucía

Artículo incluido en el número de octubre de la revista Agenda de la Empresa