Finalmente he caído en la tentación… No quería hacerlo, pero no he sido capaz de resistir…

No quería porque, cuando uno se asoma a los noticiarios de televisión o a las páginas de los periódicos, desearía encontrar algo que no se refiriera al COVID-19. ¡Y qué difícil es!

¿No estamos ya un poco hartos de escuchar consejos bienintencionados de quienes parecen saberlo todo sobre esta pandemia, alabanzas que suenan a huecas, informaciones de dudoso fundamento, rumores que atascan las redes virtuales, previsiones con tintes apocalípticos…, por no mencionar las continuas descalificaciones políticas y los debates con eco de ajustes de cuenta?

Si de algo no podemos dudar es de vivir en un momento que cabría sintetizar en dos palabras: desconcierto e incertidumbre. Ante él quizás la reacción más prudente es el silencio. Es un silencio hasta reverente, expresión del reconocimiento de que la realidad nos desborda cuando más seguros parecíamos de que todo en este mundo lo teníamos bajo control, o estábamos en condiciones de llegar a tenerlo.

Desde este rincón de reflexión ética el silencio no es inacción. Es otro modo de confinarse, muy distinto al que se nos impone a golpe de decretos. Es, como gusta a la ética, un tomar distancia de la realidad, no para desentenderse de ella, sino para contemplarla desde otra perspectiva.

Sin embargo, es cierto que la vida sigue… (sigue a medias, porque hemos paralizado todo lo paralizable). La vida sigue, pero funcionando de otra manera. A golpe de ordenadores y de redes informáticas. Hemos tenido que aprender, nos gustara o no, a teletrabajar. Muchas empresas y organizaciones han recuperado casi totalmente su ritmo de actividad. ¿Quién pondrá en duda que este es un avance irreversible ya?

Pero al entusiasmo por el teletrabajo también habría que ponerle sordina. ¿Somos capaces de separar ahora el tiempo de trabajo y el de no trabajo? ¿Cómo atender al trabajo virtual y, al mismo tiempo, a los niños, que también están en casa? ¿Todo puede reconvertirse al trabajo a distancia? Evidentemente no… Ese entusiasmo de los que todo lo han resuelto gracias a lo virtual no puede ocultar que no todos tienen acceso a esos medios. Nos reencontramos aquí con aquello de la brecha digital, que es un nuevo germen de desigualdad en el mundo.

Y puestos a hablar de desigualdad, tampoco conviene olvidar que ese confinamiento, que tan arduo se nos está haciendo ya a nosotros, no van a poder utilizarlo muchos pueblos para defenderse del virus. No es más que otra expresión de eso que tendemos a ignorar: que, ante cualquier amenaza que nos acecha, no todos disponemos de los mismos medios para defendernos. Un nuevo factor de desigualdad en el mundo.

De esto, ¡claro!, se informa menos. Probablemente porque vende menos. Y, a propósito de la información, hace unos días me llegó una propuesta de suscripción virtual a una amplia colección de publicaciones. Con un reclamo publicitario tan de actualidad como este: “Para impedir el contagio de la desinformación”. Yo pensé para mis adentros: lo que yo quiero es impedir “el contagio de la información”. No somos capaces ni de digerir tanta información, ni, lo que es más grave, de distinguir la buena de la mala información. ¿Quién comprueba hoy la fuente del WhatsApp que recibe antes de reenviarlo a cuantas más personas mejor? Será una forma de hacer frente a ese desconcierto e incertidumbre a que me refería antes. Pero una forma cuando menos irresponsable.

Ante esta inundación de noticias (que muchas veces ocultan simples bulos) surge, en medio de esta tormenta de improvisaciones, la idea de remitir toda la información sobre la pandemia a las fuentes oficiales. ¿Se han medido los costes de una medida así? De nuevo, la tentación de educar a fuerza de decretos que dejen claro qué se puede y qué no se puede hacer. ¿Es eso todo lo que se puede esperar de los ciudadanos, que también en otras muchas cosas damos muestras de responsables y solidarios?

En fin, son reflexiones nacidas del silencio, expresadas más como preguntas que como soluciones. Es la primera tarea de la ética. Modesta tarea, que deja a muchos tan insatisfechos…

Ildefonso Camacho SJ | Universidad Loyola Andalucía

Artículo incluido en la revista de mayo de Agenda de la Empresa