Seguramente el nombre de Patrick J. McGinnis(1) no os diga nada (confieso que tampoco a mí, hasta este verano), pero puede que FOMO a lo mejor sí.

McGinnis acuñó el acrónimo inglés FOMO (Fear of Missing Out) que se agregó al Diccionario de Oxford en 2013 y cuya traducción literal al castellano es “miedo a perderse”.

Si tampoco os suena la palabra ya aviso que ha venido para quedarse y no solo como empresarios, directivos o responsables de equipo nos interesa estar al caso, sino también como padres o educadores.

Originalmente, McGinnis desarrolló el concepto FOMO para el contexto de la toma de decisiones en las empresas. En dicho contexto, describe a los directivos que implantan excesivas iniciativas o siguen demasiados caminos potenciales, por “temor a perder (FOMO) alguna tendencia u oportunidad de negocio”.

No contento con este primer “palabro”, dijo que esto era solo la mitad del problema, pues a la otra mitad la llamó FOBO. Mitad todavía más peligrosa, pues puede llevar a las empresas (de la mano de sus directivos) a la inoperancia, ineficacia con el consecuente reflejo en su cuenta de resultados.

FOBO (Fear of a Better Option) se traduce como “miedo a la mejor opción”. Describe aquellas situaciones, que por desgracia se dan bastante a menudo, en que los directivos no actúan en absoluto, sino que eligen sentarse, seguir analizando, generando alternativas y esperar a que aparezca una mejor opción.

Sucede que cuando dio a luz a estas dos palabras, allá por 2013, apenas hacía siete años del nacimiento de Twitter, cuatro del de WhatsApp y tres de Instagram. Seis años después en los albores de la segunda década del siglo XXI (que se dice rápido) y tiempos de transformación digital exacerbada sobre todo en lo que tiene que ver con la generación y disponibilidad de información, FOBO encuentra un nuevo campo de aplicación.

La visión cotidiana de jóvenes y no tan jóvenes en continuo estado ON, conectados, consultando su email, grupos de WhatsApp, Instagram, Telegram, Twitter, Facebook, viendo qué se han perdido en Netflix o qué nueva oferta de Amazon está disponible, da carta de naturaleza a la nueva acepción e incluso da nombre a un nuevo síndrome, el síndrome FOMO.

Y así lo recoge el Diccionario Oxford cuando lo define como “un sentimiento de preocupación de que un evento interesante o emocionante esté sucediendo en otro lugar” y por lo tanto nos lo estamos perdiendo.

Reflejo de lo anterior son los datos de tiempo diario (en minutos) que los usuarios de Internet de todo el mundo dedican a las redes sociales entre 2012 y 2018(2).

En 2018, el uso promedio diario de las redes sociales de los usuarios de Internet en todo el mundo ascendió a 136 minutos por día frente a los 90 de 2012. Actualmente, el país que más tiempo pasa en las redes sociales por día es Filipinas, con usuarios en línea que pasan un promedio de cuatro horas y un minuto cada día.

Este uso de las redes sociales, volviendo al mundo de la empresa, tiene una consecuencia directa que afecta a todos, tanto directivos como al resto de empleados y es la distracción que ocasiona y nos pone ante un eterno y antiguo dilema cuya respuesta definitiva todavía no hemos encontrado: ¿Por qué si sabemos lo que tenemos que hacer, simplemente en muchas ocasiones no lo hacemos? Ya los griegos tenían una palabra para este fenómeno: “Acrasia”, que XXV siglos después está de clara actualidad gracias seguramente a lo que McGinnis ha denominado FOMO y que le ha llevado a tener un blog en la Harvard Business Review denominado FOMO Sapiens(3), muy recomendable.

Termino, que voy a ver los últimos posts de Instagram.

Álvaro Vioque

mm4edu

mktg.&management for education

@AlvaroVioqueG

(1) https://en.wikipedia.org/wiki/Patrick_James_McGinnis

(2) Fuente: Statista 2019.

(3) https://hbr.org/2019/04/podcast-fomo-sapiens