No han pasado tantos años desde que recordamos aún las escuelas deFoto Miquel Bonet. Precisamente en Barcelona, en la actual Lonja del Mar, se creó en 1775 una escuela en la que se enseñaba el oficio de estampación en seda. En realidad nunca ha dejado de valorarse a las personas que ejercen bien su oficio, a pesar del empuje de la revolución industrial y sobre todo del just & time; por fortuna, aún es posible encontrar también en nuestra sociedad gente que conoce , sabe y enseña un oficio.

El problema está en el “intrusismo” que ha acompañado a este cambio tecnológico, quizás tener las cosas más fáciles nos ha hecho perder la pasión por conseguirlas y hoy nuestra sociedad está repleta de gente que ejerce de lo que sea sin oficio y este abanico va desde la mayoría de políticos, gente con preparación más que mediocre a tenor de los resultados, pasando por los banqueros, que han dilapidado centenares de miles de millones a costa de rescates imposibles y evitables. También, cómo no, el sector del turismo, que sigue añorando una profesionalidad, especialmente en actitudes, que no tiene y, para mí, los grandes responsables de todo eso, que somos los maestros y educadores.

Claro que me pongo yo mismo por delante, para no esquivar las responsabilidades que me toquen en este ‘fregado’ en que vivimos y lo digo convencido, pues los protagonistas de la educación de un niño son la sociedad, los padres y los maestros. Porque lo que no consigas cambiar con la educación, no lo cambias con nada y debemos aceptar que el saber no se enseña, sino que se aprende, así de fácil.

Hemos llenado la sociedad de universitarios a los que se les han engañado con un título que les sirve de bien poco, ya que acreditar competencia por la simple posesión no sirve para nada, ni siquiera por muchos masters que hayan pagado. Porque la única maestría nace del oficio, de saber hacer, y eso se aprende en la calle, no hay otra forma, desde que se escribió sobre esto por parte de los presocráticos. El fracaso de nuestros estudiantes, salvo excepciones, es el fracaso de un modelo de sociedad que camina hacia el precipicio de la vulgaridad porque ha perdido desde la curiosidad filosófica, que te lleva a aprender, hasta la opción del conocimiento, que requiere un mentor, que sepa motivar y acompañar al descubrimiento de las habilidades individuales, a fin de que cada persona pueda descubrir lo mejor en “uno mismo”. Me ha encantado una frase de un joven hindú, investigador en Harvard: “Un buen profesor, aumenta en 36.000 euros tu renta vital”. Casi nada, y yo me lo creo, porque la función del profesor nunca he pensado que fuera mostrar lo que sabe sino preocuparse gracias a su vocación, comunicación y entusiasmo de que los alumnos lo sigan y descubran su propio talento, por su cuenta, y ésta es nuestra responsabilidad para con esta generación que anda perdida, sobrada de recursos, pero falta de objetivos.

Naturalmente que faltan empresarios pero, ¿quién puede sentirse seguro en una sociedad volátil y líquida en la que no permanecen ni los valores y quién va a sumir riesgos? Cuando el fracaso es condenado, la administración pone trabas y aquí, ¿quién quiere emprender y  competir? Si al final igualmente hay premio sin esfuerzo, ni que sea un plato en la mesa y un techo paterno, o un subsidio y, ¿dónde está el liderazgo? Cuando los que lo ocupan son incapaces de producir otros líderes y se conforman con tener seguidores.

Hace unos días tuve el honor de dirigir un taller para responsables de cooperativas y quiero confesar la esperanza y la ilusión que proporciona creer que aún hay gente que es capaz de comprometerse con otros, aportando sus productos y talento al servicio de una comunidad a menudo compleja, para que esta unión les permita no sólo ser más competitivos y rentables, sino encontrar un sentido de vida y aportar valor a nuestra sociedad.

Basta ya de demagogia, de la vulgaridad de muchos medios y de esta gente que pretende administrarnos e influir en nuestras decisiones, pues su supuesta  jerarquía o la titularidad del puesto que ocupan no supone en absoluto que lo merezcan, ni mucho menos que tengan el oficio para ostentarlo pues, al final, sólo debemos aprender a distinguir entre lo que nos venden y lo que queremos comprar, ejerciendo el derecho a elegir, que no es otro que el oficio de vivir.

Miquel Bonet

Profesor, abogado y autor de “Búscate la vida”