En uno de los libros de la historia del pensamiento económico mejor orientados; La Gran Búsqueda, Silvia Nasar relata los esfuerzos de los grandes hombres y mujeres que fueron armando “la caja de herramientas” de la intervención social, el arrojo colectivo que nos permitiría superar la impotente descripción del inevitable ciclo maltusiano (bonanza, crecimiento de la población, hambruna, muerte) o la infecunda indignación moral de quienes denunciaban las malas condiciones de vida de los más desfavorecidos. La economía dejó de ser esa disciplina “lúgubre, estólida y deprimente, sin esperanzas para este mundo o para el próximo” de la que hablaba Carlyle, convirtiéndose en instrumento de la humanidad para hacerse más dueña de las circunstancias en las que nuestros proyectos vitales se desenvolverían; nos permitió acordar socialmente unos mínimos de “dignidad”, e hizo posible su extensión a un número creciente de personas.

Los logros de la humanidad han sido impresionantes, Angus Deaton habla, en El Gran Escape de nuestro éxito como especie al haber reducido drásticamente la pobreza, la privación severa y la salud precaria. Los datos, recogidos en el “Informe de los Objetivos de Desarrollo Sostenible 2017”, sin permitir dudar de las mejoras, nos recuerdan el largo camino por recorrer y la desigual distribución de los beneficios, hablar de promedios no resuelve los problemas de los que no llegan a él y no son pocas personas que se ven en esa situación. “El individuo medio – nos dirá Sarkozy en el prólogo de Medir nuestras vidasno existe… hablar de medias es una manera de evitar hablar de desigualdades… El tipo de civilización que estamos construyendo depende del modo en el que hacemos nuestras cuentas, simplemente porque estas cambian el valor que damos a las cosas”.

Una parte central de debate social y económico gira sobre las insuficiencias de nuestras ideas para comprender y cambiar el mundo. Muy concretamente, sobre las insuficiencias del PIB para hacerlo. J. E. Stiglitz, Amartya Sen y Fitoussi abogan por medidas “que reflejen más ampliamente qué les sucede a la mayoría de los ciudadanos (mediciones de la renta mediana), qué les sucede a los pobres (mediciones de pobreza), qué le sucede al medio ambiente (mediciones del agotamiento de los recursos y de la degradación del medio ambiente) y qué le sucede a la sostenibilidad económica (mediciones de la deuda)”.

El esfuerzo de Naciones Unidas figura entre los que con más determinación impulsan estas reflexiones. Nos invita a multiplicar objetivos: “producción y consumo sostenible, ciudades inclusivas y seguras, energía asequible, seguridad alimentaria…” y a dotarnos de un sistemas de estadísticas sólidas que nos permitan “canalizar el poder de los datos para el desarrollo sostenible” (https://unstats.un.org/sdgs/hlg/Cape-Town-Global-Action-Plan/). Todos podemos contribuir. La “Guía de los vagos para salvar el mundo” nos dice cómo hacerlo individualmente y en algunas memorias de responsabilidad corporativa, detallan cómo su actuación ha contribuido a los ODS; en FITUR 2018, los responsables del “Proyecto Tarthiata 2021” detallaban la suya, en el ODS 10 habían formado a “67 cocineras tradicionales”. Ese debe ser el camino.

No se trata de cómo nos sintamos, de la mera sensación de felicidad, hay que calcular si las personas tienen posibilidades objetivas de construir la vida que quieren tener, ser conscientes del “modo en que se agrupan las desventajas, como una conduce a otra y, al mismo tiempo, cómo unas capacidades concretas puedes ser particularmente fértiles a la hora de abrir la puerta a otras“. (Martha C Nussbaum, Crear capacidades).

Para los “realistas” debe resultar desconcertante que las ideas económicas tengan más peso en nuestro bienestar que la población o los recursos naturales. Nasar reivindica este papel central de las ideas recordándonos que, durante la Gran Depresión, Keynes afirmó que “el mundo está gobernado por poco más que eso”.

El tipo de datos que elegimos medir son el germen de la sociedad que queremos ser, un marco de plausibilidad para exigir y exigirnos. Muchas personas, en todo el mundo, se sienten acompañadas y justificadas. Tenemos objetivos, tenemos métricas, queda empezar a contabilizar esfuerzos y resultados.

Enrique Martínez

Coordinador del Plan Nacional de Ciudades Inteligentes del Ministerio de Energía, Turismo y Agenda Digital