Creíamos que “esto” no podía pasarnos y nos equivocamos. Vivíamos escondimos detrás de nuestros juguetes, nuestros coches, nuestros viajes baratos, protegidos bajo la capa de un imperio de hojalata al que llaman estado del bienestar y hasta llegamos a creernos que éramos invencibles, que todo eso de ahí fuera les pasa a los “otros”, a los que están a merced de tifones, sequías, guerras, enfermedades y hambrunas porque ellos son solo nuestros prójimos pero solo de nombre y mientras no molesten. Nosotros estamos civilizados (?), por eso, nos permitimos tirar a la basura una cuarta parte de nuestra comida, creemos que la pobreza es cosa de la Madre Teresa y que estamos hechos de pasta digital porque pertenecemos al progreso y al mundo de la tecnologia.

Y todo eso, a pesar de que la mayoría no haya hecho nada por merecerlo. Nos creíamos dioses con el poder de manejar el mundo desde una tableta, convencidos de que nuestra cultura televisiva, los youtubers, instagramers y la mediática nos convertía en superhéroes, pero acabamos de descubrir que no somos otra cosa que cobayas privadas de libertad y marionetas de un sistema plagado de financieros, marketianos sin escrúpulos y magos de los medios que nos dicen cómo debemos vivir, lo que debemos escuchar. Y en nuestra supina ignorancia, dejadez y pasividad hemos llegado al punto de consentir que se ocupen del trabajo de educar a nuestros hijos, aunque fatalmente acaben convirtiéndose en rehenes de los intereses de una élite de desaprensivos que se nutren del miedo y la ignorancia de gente, que acepta el vasallaje a cambio de una subvención, una pantallita y una tarjeta de crédito.

Lo malo es que todo lo que pasa no sabemos cómo evitarlo, porque ni siquiera somos conscientes de que hemos contribuido a construirlo, porque tan vacíos de criterio elegimos a nuestros gobernantes, los mantenemos en el poder y dejamos que vivan mejor que la mayoría de nosotros sin rendir cuentas, consentimos que la publicidad nos sorba los sesos para aliviarnos el esfuerzo de tener que pensar, nos creemos con algún conocimiento, sin pensar que lo importante es la sabiduría, la experiència y los valores que aprendimos de la familia.

Lo bueno de todo eso es que tenemos esperanza, imaginación y toda una vida para superarlo, porque nuestra capacidad para reinventarnos es eterna, como decía Darwin al contarnos cómo funciona la evolución. Todo es adaptación y si nos lo proponemos podríamos ser resilentes o simplemente “humanos” y convertirnos en personas capaces de tener un propósito de vida, sensibles a lo que ocurre a nuestro alrededor, prójimos de los más desfavorecidos, capaces de escuchar y actuar, aunque para eso haría falta tener un poco de coraje o por lo menos ser lo suficientemente inteligentes para entender que solo la bondad y la generosidad puede salvarnos.

No se trata de retórica, porque ser buena persona significa simplemente aplicar la empatía, cooperación, solidaridad y ética, y por tanto rechazar la falsedad, oponerse a la manipulación del poder y por tanto, tener el valor para elegir en conciencia. No nos conformemos con la mediocridad que nos rodea, vale la pena recuperar la dignidad para ser de nuevo los auténticos protagonistas capaces de construir un mundo mejor; para ello, solo hace falta que nos lo creamos.

Miquel Bonet

Abogado, profesor, autor de “Búscate la vida”

Artículo incluido en la edición de septiembre de Agenda de la Empresa