En una sociedad tan escasa de héroes de verdad, lejos de las pantomimas de esta gente inventada que venden los medios, aparece un Rafa Nadal que nos devuelve la esperanza en las virtudes del esfuerzo, la persistencia y la épica, pues el deporte es una expresión de los valores para afrontar la vida. Me llama la atención una frase de la entrevista que siguió a su última proeza en París: “El éxito de este torneo es de todo el equipo que es lo que importa de verdad”. Me emociona esta creencia en la gente y la enorme empatía que hay detrás de estas palabras en estos tiempos tristes de la pandecrisis que sufrimos; de hecho, todas las virtudes que nos hacen más humanos se resumirían en esta capacidad que todos tenemos de ponernos en la piel del otro. No hay duda de que la democracia -bienvenida sea- aunque sea a la “española” dio lugar a una forma de convivencia basada en algo hermoso como la aspiración de libertad, igualdad y fraternidad, aunque por desgracia aquí nunca se acabó de aplicar,  quizás por no haber tenido una auténtica revolución o porque no se supo explicar, y nadie escuchó que existen límites que tienen que ver con la “libertad” de este prójimo, o sea del vecino, y no basta con escribir una Constitución, también hay que creérsela y practicarla y dejar para eso, hace falta actitud y una forma de entender la vida basada en la forma de tratarnos unos a otros y eso puede aprenderse con la educación, que a la vista de los hechos, no nos sobra.

Estamos inmersos en un problema común, al que llamo pandecrisis, y que incluye la causa y la consecuencia, pero ni nuestros gobernantes ni los de otros países consiguen gestionarla, porque no había manual ni ideas para ello. El tema es muy serio y, al margen de las soluciones quirúrgicas, existe un problema de fondo que tiene que ver con los malos hábitos adquiridos, y el más grave sería haber centrado nuestra existencia en el individualismo cortoplacista obviando que formamos parte de un todo, o sea, un equipo, y como dice Raphael Minder en The New York Times, “los políticos se comportan sin sentido de estado; no piensan en la ciudadanía”. Aquí el modelo descentralizado de salud ha fracasado, o sea, que cada uno va a la suya y no existe una acción conjunta; por tanto, el trabajo en equipo brilla por su ausencia.

Pero también en esta segunda ola hemos visto que la irresponsabilidad tiene que ver con la dejadez en general y no solo de los jóvenes; claro que es incómoda la mascarilla, evitar los bares o no salir de noche, en un país récord en bares por habitante, y tampoco queremos que la distancia se convierta en olvido, porque nos gusta la gente, viajar o ir de fiesta, pero, ¿qué pasa con los demás? Me refiero a este prójimo que se está infectando cada día, a estos ancianos que enferman y mueren, y aunque no sabemos mucho del “bitxo” sabemos que se contagia y que mata, pero nos negamos a comprender y ponernos en la piel de los demás. Imagino que no hace falta descifrar la sociedad digital y la repercusión en la vida personal y social de la gente, porque el mal uso de las redes sociales y la tecnología nos ha llevado a un escenario en que el hedonismo, la individualización, el consumo, la despreocupación por el futuro, el exceso de información inútil, están contribuyendo a una deshumanización del individuo, cautivo de bloggers, influencers, de KPI de las redes sociales por este “Marketing performance” que es fatal y que representa la utilización más perversa de la empatía, por parte de las estrategias marketineras, que nos segmentan a través del geotargeting, para acabar incluyéndonos en una Biggest Data. Y todo eso con la complacencia del poder que pretende salvarnos con la democracia mientras nos deja en manos de una dictadura tecnológica y que exige sacrificios y responsabilidad a la ciudadanía, aunque ellos no son ejemplo de nada, ya que actúan sin lógica ni sentido de Estado y esto no es un equipo.

Miquel Bonet

Abogado, profesor, autor de “Búscate la vida”

Artículo incluido en la edición de noviembre de Agenda de la Empresa