Permíteme la licencia de frivolizar un poco por el título pero, francamente, el espectáculo que estamos viviendo en todo el Estado con la formación de ayuntamientos en muchos casos rebasa lo patético y seguro que las plumas de maestros como Valle Inclán o el mismo Umbral, que seguirán jugando al mus desde allí arriba, se permitirían muchas liberalidades ante este espectáculo grotesco de extrañas alianzas que nos devuelven a los matrimonios de conveniencia que surgieron a partir de la Edad Media. Claro está que su origen algo tendrá que ver con el ayuntar, en juntar y unir una cosa con otra, y claro que lo hacen, pero a espaldas y menospreciando a sus electores.

Lo que estamos viendo en estos días, mirado desde una óptica puramente racional y si me apuran empresarial, es algo esperpéntico, porque sería equivalente a una presentación de resultados a los accionistas que invierten y que estuviera totalmente falseada, o que liaras un grupo de personas para hacer una excursión a Roma y los llevaras al desierto. Lo malo es que aquí no existe ningún procedimiento, ni legal ni “tampoco” popular, que obligue al político a cumplir sus promesas; obviamente, hablar de ética es una quimera equiparable a ir a pie hasta la luna.

Esto es lo que hay y lo peor es que nadie se ruboriza, yo tampoco claro está, y como nunca dejo de aprender, he incorporado a mi diccionario de competencias la del “cinismo Premium” en honor al gintonic, y no es para menos. Los sociólogos, que andarán muy preocupados analizando todo eso de las redes sociales: con los influencers, youtubers, instagramers y demás tendencias que están configurando esta sociedad ausente de principios en la que todo vale, deberían justificarnos un poco qué pasa con esta raza de políticos, con una morfología de piel más dura que el titanio, y con una capacidad de mutación que supera lo imaginable. Como dice el experto Philippe Turchet: hasta saben mirarte a los ojos sin sentirse incómodos.

A la vista de este panorama, uno que sigue mediatizado por las creencias de la Primera Comunión en postguerra y el ejemplo de maestros y padres, discerniendo entre lo bueno y lo malo, recuperamos en nuestra memoria como aquellos juegos a pedradas en el barrio, lavando las heridas de batalla en la fuente, compartiendo meriendas, pero ocultando las fechorías a la familia por el honor de la palabra dada, sin chivatos ni ladrones, con lealtad, confianza y toda la dignidad, bases de la revolución democrática, que ni siquiera teníamos. Y, hoy, ¿dónde está la libertad para comprometerse y cumplir, la igualdad para ser responsable de tus actos y la fraternidad? Qué fraternidad cuando todos los mecanismos apuntan a buscar el único interés individual.

Qué pasaría en una empresa, si no cumples los compromisos con tus clientes, si engañas con los plazos de entrega, si dejas de pagar a tus proveedores, si mientes a tu gente, si prometes lo que no puedes cumplir, si adulteras tus productos, si utilizas el talento solo para enriquecerte, está claro ¿no? Y quizás sea la razón por la que pocos empresarios y buenos profesionales se dediquen a esto. A un buen profesional se le mide por los resultados, por la forma en que desarrolla su talento para el bien del equipo, por su capacidad de trabajo, su compromiso y su honestidad, porque existe un contrato psicológico además del laboral. Sin embargo, en la política parece que el objetivo sea simplemente la poltrona el “mi anillo pacuando” con el único objetivo de perpetuarse en su status, con el agravante de que, además, los elegimos y también les pagamos el sueldo.

Miquel Bonet | Abogado, profesor, autor de “Búscate la vida”

Artículo incluido en el número de julio y agosto de la revista Agenda de la Empresa