«Sin la música, la vida sería un error» (Nietzsche)

¿Existe afición a la música en España? Esta podría ser una de las reflexiones que deberíamos plantearnos a fin de analizar en qué medida la música es apreciada en nuestra sociedad. En opinión de Juan Pérez Floristán, triunfador en el Concurso Internacional de Piano de Santander, «la educación musical pública ha sido un fracaso total». Con independencia de ello, todos sabemos que la asistencia esporádica a algún concierto rara vez se traduce en un acercamiento a lo que se entiende por «música clásica», ese segmento de la historia de la música que empieza con el barroco, atraviesa la música clásica propiamente dicha y termina con el romanticismo. A partir del siglo XX, la música encuentra nuevas formas de expresión (II Escuela de Viena, Stravinsky, Stockhausen, Boulez, Messiaen…) que la van apartando de la corriente principal de los aficionados. Los orígenes de la música nos conducen, pues, a unos pocos países europeos (Alemania, Italia e incluso Francia), lo que da lugar a un producto cultural de perfiles muy nítidos en el que la homogeneidad del conjunto se refuerza por la universalidad de las reglas a que responde su interpretación pública, llevada a cabo por grandes orquestas internacionales compuestas por músicos profesionales académicamente formados y solemnemente trajeados. Esta permanencia de la «música clásica» es compatible con la enorme importancia que la música popular tiene en la sociedad contemporánea, con influencias recíprocas. Cosa bien distinta es la «música pop», fuertemente vinculada a la personalidad de los artistas que la componen y la interpretan y cuyo ciclo vital no suele extenderse más allá de dos generaciones.

En cuanto a la difusión de la música en TVE, exceptuando la retransmisión de alguna ópera -a partir de la medianoche en días laborables- se circunscribe a los conciertos en la 2 cuyos horarios -sábados y domingos de 8.00 a 9.00, más próximos a la ascética que a la estética- son igualmente disuasorios. A los melómanos les queda el consuelo de Radio Clásica que, aún mermada en su ya raquítico presupuesto, es un remanso cultural valiosísimo.

Abundando, pues, en el tema de la afición a la música en nuestro país, me permito aportar un dato elocuente: «Saber y ganar», un concurso que lleva veinticinco años en pantalla, destaca, entre otras virtudes, por el perfil intelectual y modales exquisitos de sus participantes -léase equipo directivo y concursantes-, universitarios en su mayoría, doctores y licenciados en diferentes ramas, con gran capacidad de análisis, profesionales de diversa índole que destacan en amplias esferas del saber: historia, geografía, literatura, arte, cinematografía, excepto… en música, talón de Aquiles de muchas personas cuya cultura y sensibilidad les permitiría descubrir, ciertamente, un universo fascinante de dimensiones insospechadas.

¿Pero, cuáles son los beneficios de la música, aparte del gozo estético? En opinión del director de orquesta Josep Vicent, «la música es un gran arma de acción social, un recurso educativo y un puente de comunicación». Numerosos estudios científicos destacan el efecto de la educación musical en la capacidad intelectual del ser humano y las conexiones que la música ayuda a generar en el cerebro… También ayuda a la creatividad o a consolidar una eficaz estructura lógica, aparte de su efecto en la inteligencia emocional haciéndonos más felices. ¡La única alternativa es la educación! Hay que dar a nuestros hijos armas intelectuales y emocionales para que sean ellos quienes puedan y quieran moldear su devenir. En estos momentos en los que se pone en cuestión la supervivencia de la llamada música clásica, hay que reconsiderar las causas de su escaso aprecio, especialmente en su difusión a edades en las que aún no han aparecido los antagonismos que la lastran.

 

Miguel Fernández de los Ronderos

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