En estos tiempos de globalización, la música clásica es un valor en el que merece la pena invertir, dados la fuerza y el arraigo que tiene como uno de los pocos denominadores comunes culturales de toda la Humanidad. (1)

“Música clásica” es la forma menos mala de traducir al español grande musique, ese segmento de la historia de la música que empieza con el barroco, atraviesa la música clásica propiamente dicha y termina con el romanticismo. Una primera definición acotará temporalmente el ciclo de producción de la citada música clásica. La segunda tratará de dar cuenta de esa realidad social contemporánea que es la interpretación pública de dicha música. Históricamente, la música empieza a hacerse grande en torno a 1685 (nacimiento de Bach y Haendel), mas a partir de la muerte de R. Strauss (1949) sigue caminos que la van apartando de la corriente principal de los aficionados. Por otra parte, grandes orquestas internacionales, compuestas por músicos profesionales, académicamente formados, se encargan de su difusión en auditorios y salas de conciertos de todo el mundo. Contemplada a la luz de estas dos definiciones, la música clásica resulta un producto cultural verdaderamente notable, un brillante y fugaz meteoro en el devenir de la Humanidad. Ni las bellas artes ni la literatura presentan en su larga historia un episodio parecido a ese auténtico Big Bang que experimentó la música durante los siglos XVIII y XIX, cuyo origen se limita a unos pocos países europeos, predominando los alemanes, seguidos de cerca por los italianos e incluso por los franceses, lo que da lugar a un producto cultural de perfiles muy nítidos que cabe en un catálogo prácticamente cerrado de compositores y obras como consecuencia de su difusión planetaria. Es evidente que la evolución de la música aparece como una serie de conmociones ocasionadas por la influencia de las grandes figuras: Debussy, por ejemplo, jamás dejó de recurrir a Rameau, ni Ravel a Couperin; el propio Debussy no logró desprenderse por completo de las garras de un Wagner, quien, a su vez, veía incluso en el coro final de la Novena un paradigma para sus dramas. El arte de Beethoven proviene asimismo del de Mozart, a quien cuesta trabajo imaginar sin Haydn, siendo éste la consecuencia inmediata de Haendel y Bach, imponentes puntos culminantes del renacimiento musical a que abocó el desarrollo completo de la música de la Edad Media.

Hay tres sistemas culturales que Europa ha transmitido a la sociedad internacional y que, cada uno en su ámbito, contribuyen a darle unidad: el derecho internacional, la lengua inglesa y la música clásica, que pueden considerarse como elementos compartidos del patrimonio cultural de la Humanidad. Esa permanencia de la grande musique es compatible con la enorme importancia que la música popular, en sus distintas e innumerables clases, tiene en las sociedades contemporáneas. Ambas -la clásica y la popular- siempre han convivido con influencias recíprocas mutuamente beneficiosas (en especial durante el romanticismo); la música popular gozaba de una permanencia parecida a la de la música clásica, aunque su carácter nacional fuera mucho más fuerte. En contraste, la “música pop” está profundamente vinculada a la personalidad de los artistas que la componen y la interpretan; esta vinculación con el periplo vital de sus intérpretes trae consigo inevitablemente un menor grado de permanencia de las obras musicales, cuyo ciclo puede no extenderse más allá de un par de generaciones. El panorama que parece dibujarse es el de una música clásica dotada de una gran estabilidad, acompañada de una música popular generacional y cambiante, sin influencias mutuas. Conclusión de orden práctico: en estos tiempos de globalización la música clásica es un valor en el que merece la pena invertir en virtud de la fuerza y el arraigo que tiene como uno de los pocos denominadores comunes culturales de toda la Humanidad.

(1) Leopoldo Calvo-Sotelo Ibáñez Martín: ABC, 23-11-2014

Miguel Fernández de los Ronderos

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Artículo incluido en la edición de julio/agosto de Agenda de la Empresa