No es frecuente tratar temas de índole turística en una sección habitualmente dedicada a cuestiones relacionadas con la música, el uso correcto de la lengua, la política educativa o los múltiples avatares a los que se enfrenta el mundo de la cultura. Hoy, excepcionalmente, abandonamos esa línea editorial para volver nuestra mirada llena de nostalgia a los últimos años de la década de los 40, hasta bien entrados los 60 del pasado siglo, cuando muchas familias sevillanas pasábamos el verano en la popular (y populosa) playa de la Puntilla, en El Puerto de Santa María (estampa magistralmente evocada por Isaac Albéniz en la Suite Iberia), con sus casetas de madera -alquiladas a la familia Neto- sus hamacas, mesas de tijera y otros enseres que las abnegadas madres de familia utilizaban en su cotidiano quehacer. Eran tiempos de penuria, amenizados por tertulias familiares, que se prolongaban hasta la puesta del sol… Glen Miller y su celebérrimo In the mood, largas colas para subir a los autobuses Botello… tiempos en los que se divisaba, pletórica de proyectos turísticos, en la otra orilla del Guadalete, la inmensa playa de Valdelagrana. Hoy, medio siglo después, consumadas cuantas fechorías urbanísticas como imaginarse puedan(1), el nostálgico veraneante de antaño contempla, impotente, el penoso aspecto de abandono en el que se encuentra la que estaba destinada a ser la joya turística de la región.

• Empecemos nuestra excursión de temporada por el final de la Avenida Guachi- Bar Tadeo: acerados sin barrer, montones de basura y arena, bolsas reventadas alrededor de los contenedores, convertido todo ello en vertedero oficioso(2). Siguiendo por la acera, nos topamos con un muro mugriento, recubierto de vegetación reseca que, llegado el caso, hace las veces de retrete…

• En cuanto al paseo marítimo, no basta con baldearlo, pues lo que fue buen pavimento en su día se ha convertido en un deporte de riesgo que provoca continuas caídas y tropezones. Llaman la atención las barandillas a ambos lados, oxidadas por falta de mantenimiento. ¿Y qué decir del maloliente ‘monumento’ que está al final del susodicho paseo, convertido en fumadero de porros? ¿Cuánto costó su erección? ¿Para qué sirve? El sufrido contribuyente bien merece una respuesta.

• Asimismo, llama la atención el escaso número de bancos públicos, algo que las malas lenguas atribuyen a la ‘influencia’ de los propietarios de bares y restaurantes cuando se remodeló el paseo marítimo, arguyendo que la abundancia de bancos perjudicaría sus negocios… A todo ello hay que añadir el incesante desfile de acordeonistas, guitarreros, vendedores ambulantes, bebés que nunca crecen… que nos hacen sentirnos ‘culpables’ por la modesta consumición que degustamos.  

• Por último, está el problema de acceso a la arena, solo apto para personas ágiles y en pleno disfrute de sus facultades físicas (nada de sillas para inválidos o ‘personas de movilidad reducida’, según la cursilería de la corrección política) o cochecitos de bebé. En cualquier caso, la ‘travesía’ es toda una aventura, teniendo que recurrir a la colaboración de voluntarios, como consecuencia del  número cada vez menor de tablas que, en teoría -cual sucede en la mayoría de las playas bien equipadas-, deberían llegar hasta las zonas húmedas, donde las ruedas pueden asentarse. ¿Qué sucede con las susodichas tablas, cada año en clara recesión? ¿Se ‘pierden’, las roban y no se reponen? En todo caso, el trayecto hasta las zonas húmedas y compactas se hace cada vez más penoso.

• En líneas generales, parecería lógico exigir, a la vista de la inminente temporada estival, que se adoptasen soluciones a estos y otros problemas(3), que no son todos, ni mucho menos. El silencio por respuesta me recordaría lo que cierto alcalde nos dijo con motivo de una visita realizada por un grupo de ‘portuenses de adopción’: “El alcalde de El Puerto de Santa María tiene otros problemas infinitamente más acuciantes que Valdelagrana”. Creo que se le olvidó añadir: “Además, estos ciudadanos no están censados aquí; su voto me importa un pimiento…”.

(1) Edificaciones de varias plantas casi a pie de playa, problemas de depuración de aguas, aceras destrozadas…

(2) Las continuas llamadas a IMUCONA ‘endilgan’ la responsabilidad… ¡a los residentes! 

(3) ¿Qué fue del moderno aseo público instalado en su día en el paseo marítimo? ¿Cuánto costó a las arcas municipales? Lleva años fuera de servicio sin que las autoridades hayan explicado el porqué.

Miguel Fernández de los Ronderos

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Artículo incluido en la edición de junio de Agenda de la Empresa