La nueva música y, sobre todo, la que es nueva en más hondo sentido, la nueva música francesa, carece de popularidad” (Ortega y Gasset)

El más perfecto (Ravel) entre todos los relojeros suizos” (I. Stravinsky)

Ravel, que jamás buscó la gloria y que, si algo tuvo de común con Debussy, fue, en todo caso, el mismo temor “baudelairiano” de convertirse en la expresión de su medio ambiente, murió -paradoja del destino- mundialmente famoso en 1937.

Siempre se ha venido considerando de gran importancia el hecho de que Ravel haya sido el único de los compositores contemporáneos que en virtud, tal vez, de una sola obra, el “Bolero”(1), ha conquistado un campo de público más vasto, introduciéndose en cabarets y cinematógrafos, privando incluso en la calle, prueba evidente (según sus adversarios) de su inferioridad espiritual, en todo caso, de su flexibilidad artística acomodaticia: un artista que se respete a sí mismo -concluían sus detractores- no consigue cosechar tales éxitos en vida.

Considerado l’enfant terrible de la música francesa, la altivez con que se negó a formar en las filas de la Legión de Honor provoca el comentario de Eric Satie: “Monsieur Ravel rechaza la Legión de Honor, pero toda su música la acepta”. Por otra parte, su admiración por España queda reflejada en los numerosos títulos que hacen referencia a nuestro país(2).

Debussy, en cambio, fundador del moderno impresionismo musical y combatido por la audacia de sus armonías, es el más destacado e influyente entre los músicos franceses de su generación, en tanto Verlaine es el poeta cuya lírica habría de asociarse con la debussyana. En todo caso, no debemos olvidar el nuevo mundo musical descubierto por Debussy con motivo de la Exposición de París en 1889: el sonido javanés de las orquestas de flautas, cuerdas e instrumentos de percusión quedará reflejado en Pagodas, quedando impresionado por la magia de los grabados japoneses que adornaban la portada de El mar.

Sintiendo la necesidad de completar su cultura literaria, Debussy cayó bajo la influencia del impresionismo y del simbolismo, a la sazón florecientes en la poesía y la pintura, siendo Mallarmé, Baudelaire y Verlaine sus poetas predilectos, con cuyas tendencias se compenetró al poner en música muchos de sus poemas, una forma de redimir la música francesa de la sumisión al romanticismo y neorromanticismo alemanes. Si todo lo nuevo es impopular -recalca Ortega y Gasset- “hay en cambio, cosas, que lo siguen siendo aún llegadas a la vejez. Hay músicas. hay versos, cuadros, ideas científicas, actitudes morales, condenadas a conservar ante las muchedumbres una irremediable virginidad. El gran público rechaza siempre lo nuevo por el mero hecho de serlo, sin tener en consideración que cuanto vale algo sobre la tierra ha sido hecho por unos pocos hombres selectos en brava lucha contra la estulticia de las muchedumbres.

Siempre pasa lo mismo: ha sido preciso que la música de Wagner deje de ser nueva para que la muchedumbre crea llegada la ocasión de conmoverse con ella. ¿Acontecerá lo mismo con Debussy? Probablemente, no.

(1) “Una pieza para orquesta sin música”
(Ravel sobre el Bolero)
“El más perfecto entre todos los relojeros
suizos” (I. Stravinsky)
(2) Habanera - Pavana para una infanta difunta - La alborada del gracioso - Rapsodia española - La hora española - Canciones de Don Quijote a Dulcinea - Bolero

Miguel Fernández de los Ronderos

informaria@informaria.com

Artículo incluido en la edición de febrero de Agenda de la Empresa