“Yo soy Íñigo Montoya, tú mataste a mi padre, prepárate a morir” probablemente te suene esta emblemática frase de la película La princesa prometida. Hacía años que no veía esta peli, y cuando la encontré de casualidad hace unos días, me encantó ver aquella escena, paradigma de determinación, en la que se ve a Íñigo Montoya, espada en mano, encarando al asesino de su padre y a cada paso que daba, repetía la famosa frase… El enemigo lo hirió en el estómago, cayó al suelo, parecía su fin pero se levantó y siguió hacia a él repitiendo su sentencia: “Yo soy Íñigo Montoya, tú mataste a mi padre, prepárate a morir”, su contrincante le hirió esta vez en el brazo izquierdo y seguidamente en el derecho, su camisa comenzaba a tornarse rojo carmesí y aún así, Montoya no cejaba en su empeño, repetía su mantra a modo de himno, antesala de su implacable avance, hasta que, finalmente, acabó con su enemigo.

¡Bravo!

El visionado de esta escena provoca algo en mi interior… Casi dan ganas de gritar “¡bravo!”cuando ves que la justicia, la valentía, el propósito y la superación se juntan dando lugar a una certera acción, haciendo que un hombre como Íñigo, malherido y en las últimas, se levanté dándole la vuelta a la tortilla. El famoso espadachín español consiguió su propósito (mató al asesino de su padre) gracias a tener un objetivo definido, disciplina, temple y a estar dispuesto a pagar un precio, tanto a nivel físico (las heridas sufridas durante la lucha) como a nivel mental y emocional (años de preparación concienzuda).

Cuestión de querencia y disposición

Ahí está el tema… Muchas veces se nos llena la boca con los “quereres” y quedan en el tintero los deberes. La falsa querencia se queda en la apariencia, reduciendo el iceberg a su punta cuando todos intuímos que, en realidad, hay mucho más… Si en realidad se quiere triunfar, hay que diferenciar el capricho de la genuína determinación. Quien certeramente quiere conseguir su objetivo, hace que su empeño permanezca vivo; de la desidia, no cae cautivo; toma conciencia de que, para llegar a la meta, hace falta estrategia y una buena combinación de mente y corazón y, de que como en una buena maratón, hay kilómetros que se disfrutan y kilómetros que cuestan, lo importante es seguir en movimiento. La disposición te enseña a estar atento y perseverar en ese movimiento; la falsa querencia, se disuelve en la impaciencia y nunca podrá llenar la existencia.

En modo Montoya

Si tuviera que definir la escena de “Yo soy Íñigo Montoya…” en una palabra, yo la bautizaría como “determinación”: ese híbrido de osadía y de valor que cambia vidas e inspira a generaciones haciéndote ver que, aún cuando crees que no puedes más, aparecen nuevas opciones… Y mirando la cara de ese decidido espadachín español, pensé que, tal vez, exista una manera de actuar que te lleva a ganar -incluso cuando, el ojo inexperto, piensa que se aproxima tu momento final- la podríamos denominar como el “modo Montoya”: algo que trasciende a la ordinaria venganza, algo que se constituye en base a la alianza entre la visión, la capacidad y la autoconfianza, algo que hará inclinar la balanza hacia tu lado si, efectivamente, sabes demostrar que tu propósito ha madurado.

Algo más sabio…

Decía Napoleón Bonaparte que “la sabiduría más verdadera es una resuelta determinación” así que si quieres ser algo más sabio y no tienes miedo de enfrentarte a momentos agrios porque sabes que la vida se compone de distintos sabores, ¡crea nuevos escenarios! sorpréndete a ti mismo (y a tus adversarios) a base de determinación, el nutriente principal de los seres extraordinarios…

María Graciani

Escritora, conferenciante,  periodista

@m_graciani