Ayer por la tarde estaba tomando un té en mi jardín, disfrutando de la exquisita combinación de naturaleza y tranquilidad -que tanto escasea en la actualidad- cuando, de repente, sobre la mesa se posó un vencejo. Solo permaneció allí unos instantes pero fueron suficientes para avivar mi curiosidad sobre este interesante ave… ¿sabías que el vencejo permanece en vuelo ininterrumpido durante nueve meses al año? Las crías dejan atrás el nido una mañana, sin necesidad de aprendizaje y no vuelven jamás ¡incluso duermen en el cielo! (literalmente) Por la noche se elevan hasta los 2.000 metros y duermen mientras vuelan (también comen y copulan durante el vuelo), el único momento en el que pisan tierra es para poner sus huevos, incubarlos y criarlos.

Después de conocer todo esto, no sabía si sentir admiración o compasión por el vencejo. Desde luego, es un ejemplo de eficacia (¡todo lo que consigue hacer mientras vuela!), el líder de los multitasking pero, por otro lado, ¡qué estrés! ¿no? Me refiero a que, sí, consigue hacer muchas cosas (cantidad) pero, ¿verdaderamente las disfruta? (calidad). Creo que no somos tan diferentes a los vencejos…

Pasamos la mayor parte del tiempo “volando”, precisamente para no perder tiempo, nos gusta estar “en misa y repicando” (pero como decía mi madre: “teta y sopa no caben en la boca”), queremos llegar a todo porque idolatramos la cantidad (cuanto más haga, mejor; cuanto más tenga, mejor; a cuantos más sitios consiga ir, mejor… ¿de verdad?), y estiramos nuestros horarios como si fueran chicles para convertirnos en una suerte de Houdinis logrando estar en dos sitios a la vez…

Estar Sin Estar

¿No te ha pasado alguna vez que estás hablando con una persona -o, al menos, intentándolo- mientras ella está en silencio, con la mirada como perdida? es en ese momento cuando le preguntas: “¿qué te pasa?” y te contesta: “disculpa, estaba ausente”, ¡ahí está el quid de la cuestión! “ESE” es el problema: Estar Sin Estar. “ESE” extraño fenómeno se da, tanto en la vida profesional como personal, cuando el cuerpo está presente y tu mente se encuentra en “modo vencejo”, es decir, volando por ahí, muy, muy lejos de dónde se supone que te encuentras… Seguramente pensando en aquel informe de ventas o que en esta semana el abuelo cumple 90, pero, ¿sabes qué? Esos momentos o ya fueron o están por venir y, mientras tanto, desatiendes algo muy importante: vivir, ése es el precio que se paga cuando se Está Sin Estar.

Hay que ser consecuente con las propias decisiones y si tú has decidido estar en un lugar, ¡confía en tu decisión! Y saca el máximo partido para que sirva de aprendizaje a tu mente y corazón. “ESE” problema de nuestra sociedad que, con nuestro vertiginoso ritmo de vida, nos lleva a Estar Sin Estar, puede resultar muy peligroso… ya que “ESE” río desemboca en el mar del Ser Sin Ser…

Ser Sin Ser

Cuando nos acostumbramos a funcionar en modo ausente, nuestra mente deja de estar en el presente (acomodándose en el futuro o en el pasaso, en función del plan de “vuelo”), los sentidos se adormecen -al igual que el ingenio- y empezamos a adolecer de un crónico sueño. “¡SSSh!” parecerá que decimos a los demás reclamando silencio, pero, en realidad, no es más que el lema de un necio: Ser Sin Ser, porque sigues respirando, sí, pero no te inspiras; de hecho, no tienes ni la más mínima idea de la utilidad de ese aire -más allá de la función biológica-.

Pérdida de conciencia, de criterio, de voluntad… Son las consecuencias de vivir como vencejos. Repetimos: ¿somos vencejos? La respuesta la obtendrás mirándote al espejo.

María Graciani | Escritora, conferenciante, periodistaMaría-Graciani-384x253

@m_graciani