Condiciones, condicionamientos… Si echamos un vistazo por la ventana mundial, esos parecen ser los reyes del momento. Certezas hay pocas, son tiempos difíciles y ya más de uno entona aquello de: “¡a apechugar con lo que toca!”. Es curioso, mis padres me enseñaron que es en la adversidad donde se forja el carácter y donde se ponen de manifiesto los valores personales (o la carencia de los mismos); llevamos un tiempo inmersos en una situación mundial inédita, una pandemia que desafía a científicos, sanitarios, políticos, economistas y a cualquier persona en general… Pongo las noticias, veo reportajes, observo, escucho y… Ahí están de nuevo, los condicionales: “podría, tendría, debería, querría, sería…”, todo queda como muy en el aire… Es cierto que hay que pensar estrategias, la mejor forma de acometerlas, no actuar “a tontas y a locas”, de acuerdo; pero en tiempos inseguros, necesitamos empezar a ser y empezar a rodearnos de generadores de seguridad; en tiempos de “debería”, necesitamos quien sepa conjugar firmemente el deber y actúe en consecuencia; en tiempos de condicionamientos, en los que, aunque se tenga claro lo que hay que hacer, hay quien no se moja esperando a ver qué hace el vecino, tejiendo así una estrategia que solo beneficia a la propia araña, necesitamos que cada vez haya más miembros de lo que podríamos denominar “el club del incondicional”, esto es, aquellos que, en la medida de sus posibilidades, demuestran con sus hechos una genuína voluntad de mejora, poniendo de manifiesto que el mejor momento para actuar es ahora…

“El club del incondicional” se basa en los estatutos de la gratuidad, es decir, hago esto por ti porque sé lo que necesitas y mañana no voy a pedirte cita para que hagas lo mismo por mí, simplemente lo hago porque mi conciencia me pide que actúe así.

En este singular Club, la entrega, la generosidad y el compromiso son los socios fundadores y el singular beneficio que se obtiene es que todos sus miembros estén mejor y sean mejores. Si lo piensas, llevas toda tu vida conociendo a un miembro honorario del club incondicional, alguien que, pasara lo que pasara, siempre estaba ahí con sus consejos, su cariño, sus abrazos: tu madre… Las madres son esa clase de personas que merecen monumentos porque tienen esa deliciosa habilidad de hacer que nuestro corazón se sienta siempre contento (aún cuando el entorno no acompañaba demasiado).

Tomemos el ejemplo de nuestras madres, demostremos, cada uno en la medida de sus posibilidades, que sabemos qué es lo que supone  eso de “saber estar ahí” (que nada tiene que ver con hacerse la estatua para quedar bien… Las estatuas son monas pero no se caracterizan por su efectividad y dinamismo). Y quien tenga muchas posibilidades y por añadido ocupe un puesto de responsabilidad, tendría que tener como imperativo moral, profesional, personal y humano el echar -de verdad- una buena mano…

Somos incondicionalmente humanos y, por tanto, la vida que nos merecemos vivir, la vida de verdad, se vive en incondicional…

María Graciani

Escritora, conferenciante,  periodista

@m_graciani

Artículo incluido en la edición de noviembre de Agenda de la Empresa