Duda, ése es el sentimiento que me suscitan estas cuatro palabras: economía-de-la-verdad (de ahí que las haya puesto entre signos de interrogación). He de admitir que este concepto es nuevo para mí, lo escuché de casualidad el otro día, cuando tenía puesta la tele en un programa de entrevistas en relación al COVID-19 y el entrevistado espetó a un tertuliano: “no haga usted economía de la verdad”, no tuve tiempo de seguir la conversación pero el concepto se me quedó grabado…

En aquel contexto mediático, imagino que querría significar que no se ahorrase en lo certero, esto es, que se contasen las cosas tal y como son en realidad, sin omitir detalles; pero una pregunta no dejaba de rondar mi mente: ¿se puede economizar la verdad? y, de ser así, ¿se debe?

La ciencia de la elección

Así es como definía mi profesor de economía en el Colegio Claret, Don Manuel Luis Góngora, la economía, “la ciencia de la elección” (como verá, Don Luis, no lo he olvidado). Si aplicamos esta definición a la idea de “economía de la verdad” podríamos interpretarla como la ciencia que elige -o no- la verdad, aquí los profesores podrían ser perfectamente robots u ordenadores dado que son especialistas en datos, hechos certeros, saben detectar lo falso con facilidad… A decir verdad, exactamente no es que ellos elijan entre lo verdadero o lo falso sino que, sencillamente, están programados para seleccionar lo cierto y, al ser máquinas, contar esa certeza no tiene mayor trascendencia en sus “vidas”. Con las personas funciona diferente…

Cuando los seres humanos conocemos un hecho y elegimos “ahorrar” en la verdad lo hacemos porque entran en juego variables subjetivas como los sentimientos y los objetivos de cada uno. Por ejemplo, cuando un niño experimenta por primera vez la pérdida de su mascota, es más sano decirle que no se preocupe, que el animal estará bien en “el cielo de las mascotas” (cosa discutible), en lugar de subrayar el hecho certero de que no volverá a ver a su animal de compañía; o si hemos quedado con nuestra pareja, llega tarde y pregunta si hemos estado mucho rato esperando, que es mejor: ¿recibirlo con un enfado -ya que el hecho probado es que llega tarde- o “ahorrar” en la verdad y contestar que no llevas mucho tiempo esperando y reconducir la situación? Tanto en el caso del niño como en el de la pareja se hace economía de la verdad, es decir, no se cuentan exactamente las cosas tal y como son porque, como somos personas y no máquinas, tenemos sentimientos y las palabras de quienes nos importan tienen cierto poder sobre nosotros, pueden subirnos el ánimo por las nubes o dejarnos chafados, por eso es importante pensar dos veces antes de hablar y recordar que la empatía y la inteligencia emocional siempre le ganarán la partida al “es que yo soy muy sincero”.

Está comprobado que aplicar la economía de la verdad puntualmente no solo no es perjudicial, sino que podría ser beneficioso, ahora bien, eso no quiere decir, ni mucho menos, que haya que aplicarla siempre. Si te preguntan si terminarás el proyecto en la fecha prevista o si podrás ir a recoger a los niños al colegio… Ahí, mi consejo, es que no economices y respondas sencillamente con la verdad porque el no hacerlo sí podría generar consecuencias negativas y terminarías siendo calificado de deshonesto.

Entonces… ¿Cuál es la verdad?

Citando a Antonio Machado, yo diría que: “La verdad es lo que es, y sigue siendo verdad aunque se piense al revés”. Así que, llegados a este punto, creo que mantendré el concepto “¿economía de la verdad?” entre interrogantes, teniendo claro que tanto la honestidad interior como la inteligencia emocional y la humanidad son las que siempre te hacen ganar.

María Graciani

Escritora, conferenciante,  periodista

@m_graciani

Artículo incluido en la edición de octubre de Agenda de la Empresa