René Descartes afirmaba Ser incapaz de entusiasmo es señal de mediocridad. Totalmente de acuerdo con el padre de la racionalidad. A quien nada le produce entusiasmo, poco le falta para convertirse en asno; si nada en esta vida te produce la menor alegría, dime ¿con qué llenas tus días?; si no sientes ni frío ni calor ¿dónde está tu valor?; si cada minuto te parece igual al anterior y nada te sorprende ¿con qué tu motor se enciende? (eso suponiendo que haya algo que encender que, según el caso, ya es mucho suponer).

La palabra “mediocre” proviene del latín mediocris, que significaría en origen “el que se queda a mitad de la montaña”, el que no es capaz de culminar sus hazañas porque nada siente en sus entrañas (por lo que no es entrañable, ni amable, ni mucho menos rentable…). La RAE da una sencilla y sustanciosa definición de “mediocre”. De poco mérito, tirando a malo, es decir, aquel que ya carece de halo, que no conocerá la pena ni la gloria porque ha renunciado a escribir su singular línea en la Historia; un espíritu pobre que, a no ser que una poderosa transformación logre, se quedará anclado en la Edad de Cobre, solo, desamparado, pues a todos los que aportan, de su lado habrá echado; los primeros desterrados: su iniciativa y su ingenio, condenados al peor de los inviernos.

En La Divina Comedia, Dante nos muestra el punto más terrorífico del infierno como un lugar silencioso y gélido donde los traidores tienen la cabeza sumergida en un pantano eternamente congelado, tanto como sus almas, incapaces de sentir emoción alguna. Dante presenta ese infierno como la ausencia de todo sentimiento, como la total negación del calor humano. Seguro que a la entrada de ese infierno hay un cartel que dice “¡Bienvenidos a Mediocrilandia!”, pues los mediocres cometen la peor de las traiciones: son traidores a su propia alma (a sus emociones, a sus sentimientos, a su mejor rendimiento) y el espíritu que persiste en permanecer desapasionado, como ilustra Dante, mal habrá terminado. (Haremos bien en recordar que la mediocridad como la excelencia son caminos que se forjan a conciencia, no son coincidencia).

Una historia mexicana cuenta que un grupo de científicos tuvo que dirigirse a un lugar prácticamente inac-cesible para poder realizar su investigación, por lo que requirieron la ayuda de un grupo de porteadores mexicanos que le ayudasen a transportar su equipaje de mano. De pronto, los porteadores se detuvieron de golpe. Los científicos se quedaron perplejos y, poco a poco, se fueron sintiendo irritados ¿por qué los porteadores se habían parado? ¡Estaban perdiendo el tiempo! Los mexicanos parecían estar esperando algo, hasta que, de repente, reanudaron la marcha. Uno de ellos comentó a los científicos lo ocurrido: “como caminábamos tan rápidamente, dejamos atrás nuestras almas. Nos detuvimos para esperar a que nuestras almas nos alcanzaran”. Inteligente reacción la de los porteadores mexicanos ¿y tú, estás dispuesto a pagar el precio de quedarte sin tu alma? “Sí” diría un necio, porque eso supondría un billete directo al pantano congelado de Dante donde ya no hay camino ni caminante.

Pero, ¡un momento! Existe un antídoto para evitar tal tormento. Abre el grifo de la pasión, del entusiasmo, el conocimiento, el aprendizaje, la sorpresa, la energía, la alegría, la superación… esto propiciará, de tu alma, la reacción. Refresca tu cuerpo, tu ánimo y tu mente con este elixir tan potente que te hará vivir intensamente.

No hay peor oscuridad que vivir en la mediocridad. Encender la luz es algo que solo puedes hacer tú, recuerda que es momento de brillar y de nuestro lado desterrar, definitivamente, a la mediocridad.

María Graciani | Escritora, conferenciante, periodistaMaría-Graciani-384x253

@m_graciani

Artículo incluido en el número de noviembre de la revista Agenda de la Empresa