Literalmente! Al menos así se refleja en la película In Time donde todas las personas tienen incorporado un reloj digital ¡en el interior de su brazo! La particularidad del artilugio (además de su ubicación) es que no refleja exactamente la hora, sino el tiempo de vida que le queda en concreto a su portador. El film de Andrew Niccol refleja una sociedad en la que, aparentemente, todos los adultos parecen tener 25 años (haciéndose difícil diferenciar a los hijos de los padres y a estos de los abuelos), a partir de entonces es cuando se pone en marcha el original reloj… De tal forma que el salario se pagaba en tiempo y los productos también  costaban tiempo: el precio de un café era de tres minutos, el bonobús costaba una hora, una copa 10 minutos, un coche de lujo 59 años… Y el paso de un sector a otro era algo realmente excepcional, la estructura social estaba diseñada para que cada cual permaneciese en ¿su sitio?

¿Avance o retroceso?

Lo que más hacía reflexionar de la sociedad de In Time (una sociedad aparentemente avanzada a juzgar por sus logros científicos y su desarrollo técnico) es que podríamos decir que se encontraba en la prehistoria a nivel de humanidad, pues para que algunas personas pudieran vivir eternamente (acumulando siglos en sus relojes) muchos debían morir a diario. Esta sociedad “inteligente” (subrayemos las comillas) se dividía en sectores horarios y si tenías la mala fortuna de caer en un sector poco privilegiado, vivías, literalmente, al día, pues tu salario era de apenas unas horas… Esto te hacía tener que ir corriendo a todas partes, practicamente prescindir del sueño, no tener apenas tiempo de ocio y ¿si te lo tomabas con más calma? corrías el peligro de que tu reloj se quedase a cero y entonces, morías sin contemplaciones. Mientras tanto, en los sectores más privilegiados, se jugaban cientos de años en los casinos a diario y, para compensar las pérdidas, subían el coste de todos los productos y servicios del resto de sectores… Tal es así, que había quien tenía en su caja fuerte guardada la friolera de ¡un millón de años! -la mayoría de ese tiempo pertenecía a muchas personas que habían muerto por no poder hacer frente al coste de la vida de su sector y, al quedarse sin tiempo, se habían consumido-.

El progreso humanizante

La película mantenía mi cabeza a mil por hora, invitándome a reflexionar desde el principio hasta el final… Era la plasmación de un sistema viciado, confeccionado para la victoria de unos pocos sobre la base de la ruina de muchos… Era una metáfora de la vida que nos azuzaba al cambio, a tomar la iniciativa para que el progreso -para hacer honor a su nombre- se conjugue, sobre todo, en humano… Porque un progreso que deshumaniza puede reducir cualquier avance a cenizas… El progreso humanizante es equitativo y positivo para el desarrollo humano; el progreso humanizante es el que premia la motivación, la dedicación y el liderazgo que te hacen seguir adelante; el progreso humanizante hace de cada miembro de su sociedad un miembro brillante porque le recuerda a cada persona que su aporte es importante, propiciando que brillen con su propia luz; el progreso humanizante fomenta la salud (física, mental, emocional, social…); el progreso humanizante no consume ni discrimina, más bien ilumina el criterio y la creatividad, erigiéndose como estandarte del legado de la humanidad…

Si tienes un rato, te recomiendo que veas la película. Te hará caer en la cuenta de que estamos hechos de tiempo, lo que hagas con el tuyo definirá si avanzas o retrocedes, si vives o mueres… Por cierto, ¿qué hora es?

María Graciani

Escritora, conferenciante,  periodista

@m_graciani