Esta mañana estaba paseando a Atila (mi simpático pastor alemán) cuando pasó a nuestro lado un padre con su hijo, era un niño de unos siete años, iban hablando de algo pero lo único que parecía oírse eran los insistentes y entusiastas: “¿por qué?” del chico. Me hizo gracia, la naturalidad y la curiosidad de los niños es admirable, no les da ningún apuro hacer cualquier pregunta; si quieren saber algo, insisten e insisten y hasta que no les des una respuesta que les parezca más o menos aceptable, no pararán, ¡eso es buenísimo! Seguí paseando a mi perro mientras pensaba lo diferentes que son las cosas en el mundo adulto…

La metafísica infantil

Entiéndeme, es necesario para la evolución social que maduremos, conozcamos cómo funciona el mundo y sepamos adaptarnos (que una cosa es adaptarse y, otra muy distinta, conformarse) pero siempre conservando nuestra esencia curiosa, manteniendo esa querencia hacia el saber y esa actividad creativa que llena de vida la vida. Los abanderados del “¿por qué?” mantienen el contacto con su niño interior y son los conservadores de un valioso legado: esa suerte de metafísica infantil, esa manera de entender el mundo impregnada de esperanza, de inocencia, de atrevimiento e ilusión que pone en marcha mente y corazón, original generadora de satisfacción…

Sin miedo al arranque

Esa es una de las características básicas de los abanderados del “¿por qué?”, que como los niños, no se quedan paralizados por lo que pueda venir, son atrevidos, “no les da cosa” arrancar y ponerse en marcha; si algo les motiva, ¡siguen hasta el final! Esa es una de las diferencias principales entre la metafísica infantil y buena parte del mundo adulto, demasiado acostumbrado a la malsana metamorfósis del “¿por qué?” al “¿pa qué?”. Cuantas veces habremos oído (o, lo que es peor, incluso dicho) ese “¿pa qué?”… Cuando cambiamos el “¿por qué?” por el “¿pa qué?” estamos trocando el motor (la causa) por la excusa, ésa es la marca de los embajadores del miedo a arrancar… Esta perniciosa transformación del  “¿por qué?” al “¿pa qué?” pone las prioridades del revés porque cambia la curiosidad por la desidia, la ilusión por el hartazgo, la esperanza por la desconfianza… y así es como se desequilibra la balanza del progreso humano, del aporte de valor, del legado personal..

¡No dejes de hacer croquetas ni de pasear!

Decía Azorín que “la vejez es la pérdida de la curiosidad“, gran verdad… Y aquí hay que hacer un distingo entre la vejez seca y la vejez sabia. La vejez seca es aquella carente de ilusiones que se vive desde el inmovilismo propio del “¿pa qué?”, eso y un cadáver de permiso es lo mismo porque una existencia desilusionada hace que la vida sea insípida, que no sepa a nada… Sin embargo, una vejez sabia es aquella que llena de vida los años con experiencias y esperanzas y llega al punto de serena sabiduría porque la curiosidad es su mejor guía. Solo envejece prematuramente quien deja de abrir su mente y pierde el interés por conocer, porque piensa: “total, ¿pa qué? ya sé demasiado” y no, ni nunca se sabe demasiado ni nunca se está de vuelta de todo porque, al igual que nosotros crecemos, el mundo también lo hace y una experiencia vivida hace unos años posiblemente te sepa diferente a día de hoy… Esto es algo tan aplicable a las croquetas de tu madre (admitámoslo, ni de lejos te quedan igual) como a los paseos por el parque que dabas de niño con tus padres y ahora eres tú quien pasea con tu propia familia, tanto la receta como el parque son los mismos y a la vez diferentes porque están impregnados de tu progreso personal. Conclusión: ¡Ni dejes de hacer croquetas ni dejes de pasear!, ¡nútrete de experiencias, que te alegrarás!

María Graciani | Escritora, conferenciante, periodista

@m_graciani

Artículo incluido en el número de diciembre de la revista Agenda de la Empresa