No es el título de una película del Oeste (aunque bien podría serlo), sino de una reflexión que me inspiró mi tía Paquita sobre el paso del tiempo. Todos cumplimos años, es innegable; nuestras vivencias, experiencias y recuerdos son eternos; nuestros cuerpos, sin embargo, tienen fecha de caducidad (como los yogures) y al igual que sucede con los lácteos, cuando se nos “pasa la fecha”, empezamos a saber distinto…

Mi tía me contó que un amigo suyo le dijo: “Paquita, ¡ya empezamos a oír el silbar de las balas!”, al principio me reí, pero lo cierto es que esta sencilla frase esconde una enseñanza profunda… Si las balas silban cerca de nosotros es porque nos están advirtiendo de la cercanía de un peligro… Ese “silbido balístico” es una señal de alerta para que abramos más los ojos, agudicemos el oído, empecemos a tener más tacto, degustemos más cada momento y nos embriaguemos con la esencia de la existencia…

Territorio Comanche

¿Debe preocuparte el silbar de las balas? Bueno, el verdadero motivo de preocupación es cuando ya no las oyes, porque como decía Arturo Pérez-Reverte en su libro Territorio Comanche: “Inclinó un poco la cabeza al oírlas pasar, por instinto. La bala que te mata es la que no oyes pasar, recordó. La bala que te mata es la que se queda contigo sin decir aquí estoy…”. De modo que si oyes silbar la bala, ¡alégrate por partida doble! eso es que conservas el oído y, lo más importante, conservas la vida; el día que no la oigas, posiblemente la lleves dentro…

Lo bueno de las balas es que no tienen prejuicios, son democrácticas, esto es, llegan igual a indios que a vaqueros y, sobre todo, son un toque de atención certero: nos hacen tomar conciencia de nuestra vulnerabilidad, de nuestra humanidad, de nuestra falibilidad y eso ¡es muy bueno! porque al saber y sentir que no somos inmortales, nos volvemos más reales, más “de verdá” y experimentamos en carne propia la metamorfósis de la autenticidad. Las balas tienen la habilidad de hacernos centrar nuestro foco en aquellas cosas que nos reportan un beneficio interior: compartir tu tiempo con alguien que lo necesita, reír a carcajadas, consolar a un amigo, dar un paseíto con el sol en la cara teniendo como única música tu armonía interior, cuidar de tu mascota, abrazar a tu padre, recordar y descubrir anécdotas familiares…

El cañón del tiempo

La edad, cada uno de los años que tenemos la suerte de ir viviendo, funciona como el cañón que pone en marcha esas balas. Son un pequeño recordatorio de nuestra fragilidad y, al tiempo, funcionan a modo de trampolín para mejorar. El ser falibles nos lleva a aprender, a aprovechar cada instante, a sacar el mayor rendimiento de cada momento porque como nunca sabemos cuál será el útimo, empezamos a aplicarnos con mayor dedicación cuando percibimos que vuelve a activarse el cañón… Si supiéramos que vamos a vivir para siempre y fuéramos infalibles, el crecimiento (personal, profesional, humano) no sería posible, ya que la desidia y la desgana serían las regentes de unas existencias vanas…

Coraje interior

Tal y como advertía Lao Tsé: “Un hombre con valor exterior se atreve a morir; un hombre con coraje interior se atreve a vivir”, no hay mucho más que añadir… El coraje interior es el valor diferencial de aquellos que apuestan por estar vivos… (incluso cuando oyen los silbidos).

María Graciani | Escritora, conferenciante, periodista

@m_graciani

Artículo incluido en el número de mayo de la revista Agenda de la Empresa