No sé si hablar de educación, de formación o de másteres; de lo último creo que no, aunque por mi experiencia sé de qué va, pero quedaos con un lema que juro no he copiado a nadie, al menos conscientemente y que, a menudo, les digo a  mis alumnos: “el mejor máster es la calle”, pues claro, es el learning by doing y no hay más.

Se aprende haciendo, lo demás es teoría que sirve para inspirar, pero después hay que saber aplicarla de forma competente.

Bueno, una cosa más, los políticos son políticos y no quiero ser prosaico, pero en un país en el que cualquiera puede serlo -entendido desde la forma más perversa, pues al final, vemos estos espectáculos tan oníricos que poco tienen que ver con la realidad de la gente-, a los ciudadanos les importa poco el currículum y los másteres. Lo único que quieren es que se tomen decisiones para mejorar colegios, sanidad y justicia social; las guerras entre partidos ni las entienden, ni las comparten, ni las quieren, porque tampoco se las creen.

Yo voy a lo mío, o sea, a las empresas que son las “víctimas” de un sistema educativo que lleva demasiados años bajo sospecha y que en el fondo no levanta cabeza. No hace falta ser muy listo, para darse cuenta de que toda esta ligereza con la que se trata el tema de los “másteres” en el fondo oculta una realidad, que no es otra que la educación, o sea “ética, valores y carácter”, y un par de cosas más: “envidia”, necesidad en superar la realidad propia con méritos de papel; y otra más importante “pereza”,  otro de nuestros pecados de raza ya que cuando se plagia, se copia, se descuidan obligaciones, solo se debe a la pereza, ¿o no?

A menudo me he referido a la crisis de liderazgo que sufrimos en todos los niveles, a la necesidad que tienen las empresas de conseguir talento, personas con espíritu emprendedor, capaces de tomar decisiones, de inspirar de acompañar a otros y, por favor, que sean honestas. Sin duda, este enorme “gap” que sufren la mayoría de empresas no se resuelve en un día, sino que forma parte de un proceso que puede promover un cambio en la sociedad y no es otro que la educación.

Como jurista, sé perfectamente que no se puede juzgar otra verdad que los hechos probados y que los profesionales que recibimos en las empresas no son otra cosa que el resultado de una experiencia personal y humana; por tanto, son fruto de una educación, y en este país, en mi opinión, de forma poco acertada, existe un exceso de “paternalismo” en todos los ámbitos que van desde la familia a la escuela y, a menudo, la administración. Hablo de esos valores con los que se educó mi generación, que van desde el respeto, la comunicación, el esfuerzo, la meritocracia y, por qué no, la generosidad.

Desgraciadamente, nada tiene que ver con lo que vemos en la calle. El ejemplo, por muy retórico que sea, es que no se respetan ni abuelos, ni padres, nadie escucha más allá que su smartphone, la forma de conocerse es a través de Facebook o Instagram, no hay que esforzarse mucho para pasar de curso o hacer un Erasmus, becas para todo el mundo, poco control en subvenciones y los másteres superan el currículum, en vez de ser al revés; osea, nada que ver con un modelo en que se premie el talento y el trabajo . Por eso, la gente a menudo no aspira más allá de mantener sus mínimos y su mediocridad.

Claro que es mejor predicar que dar trigo pero, por desgracia, los que publicamos opinión no podemos hacer otra cosa.

Aunque yo tengo la fortuna de poder seguir ejerciendo cierta actividad docente y trato de actuar en consecuencia con lo que pienso, con la esperanza de que exponiendo mi verdad me sienta un poco más libre.

Miquel Bonet  | Abogado, profesor, autor de “Búscate la vida”

Artículo incluido en el número de octubre de la revista Agenda de la EmpresaMiquel-Bonet-384x253