Juan Carlos Hernández BuadesBuades WEB opinion

CEO-Director GeneralCEU San Pablo Andalucía

Encaramos un nuevo ejercicio económico cargado de incertidumbres. Con independencia de que la que estamos padeciendo sea o no la última ola de esta pandemia, lo que es incuestionable es que la crisis económica generada por esta permanecerá con nosotros más tiempo que el propio virus causante.

Nuestra esperanza está en confiar en el carácter coyuntural y no estructural de esta crisis, y en que cuando terminen las restricciones a la movilidad y a la actividad comercial de nuestras empresas, el consumo regrese con fuerza, para retomar cuanto antes la senda de la reactivación y del crecimiento.

El actual incremento del ahorro consecuencia del menor gasto de las familias durante esta crisis, puede ser un acicate para dicha recuperación. Ello, sumado al efecto rebote en el consumo que, en el momento en el que se haga efectivo el fin definitivo de las restricciones, es previsible se produzca por el incremento de los factores psicológicos vinculados al deseo de compra de los clientes, puede permitirnos ser moderadamente optimistas en la reactivación de la economía. Ello siempre que los factores coyunturales de la crisis no se solapen con otros de carácter estructural, bien con aquellos que afectan endémicamente a nuestra economía, o con otros generados o agravados por la propia crisis. 

La cuestión apuntada, relativa a los factores coyunturales y estructurales de la presente crisis económica (no me referiré en esta aportación a la sanitaria) debe tener presente, como variables a considerar, su origen y su previsible intensidad y duración.

En lo que respecta a su origen, es claro que ha sido provocada por la coyuntural limitación de la actividad de las empresas, y de la movilidad de sus clientes, decretadas por las autoridades sanitarias para evitar la propagación de la pandemia.

Ello puede llevarnos a pensar que, una vez se supere la causa eficiente de la crisis, sus consecuencias podrán ser igualmente superadas y que, con ello, la economía repuntará. La principal incertidumbre estaría pues en estimar el ritmo y la intensidad de dicha recuperación.

Ello dependerá en gran medida de nuestra capacidad de reparar el daño causado, y de las posibles secuelas que esta situación termine generando en el tejido económico de nuestro país. Asimismo, dependerá de si estas nuevas heridas se van a ver agravadas por las de las crisis y recesiones del 2008 y 2011, algunas de ellas mal curadas.

Es por esto último de temer que la fase de contracción económica que estamos padeciendo, pueda no ser seguida necesariamente por una fase de expansión, como en anteriores ciclos económicos. Máxime si las medidas fiscales, financieras y económicas que se vayan a adoptar para hacer frente a las consecuencias económicas derivadas de la pandemia, no fueren las adecuadas.

Una mala gestión en estos ámbitos solo puede llevarnos a empeorar aún las cosas en términos de incremento del paro y, con ello, de la marginalidad y del número de personas y familias en situación precaria que precisen de ayudas públicas; de aumento de gasto y de la deuda pública; de la reducción de la recaudación tributaria y de la Seguridad Social; o de la caída del consumo y de la capacidad de compra de las familias; entre otros factores.

Esta última reflexión guarda relación con la otra variable a considerar en la ecuación de esta crisis. Me refiero a su previsible duración. El riesgo latente, si no se aplican las medidas adecuadas, es que las consecuencias económicas de orden coyuntural, que por definición deberían desaparecer en un corto espacio de tiempo, se vuelvan estructurales, o bien se terminen fundiendo con los desajustes latentes de nuestra economía, con consecuencias difícilmente previsibles. 

Con todo, debemos ser optimistas. Confiemos en la capacidad de nuestras empresas a la hora de hacer frente a las consecuencias de esta pandemia. Con empuje y sacrificio, los apoyos necesarios, y una alta dosis de imaginación e innovación en términos de redefinición de los modelos de negocio y de transformación tecnológica de los procesos productivos, no me cabe duda de que lo conseguiremos.

El autor es economista, abogado y profesor, Doctor en Administración y Dirección de Empresas