Un nuevo año se abre delante de nosotros y, como el llanto de un niño recién nacido, nos invita a la alegría y a asumir una actitud de esperanza. Con estas palabras abría el papa Francisco el discurso que el pasado 9 de enero -como es costumbre al comenzar cada año- dirigía al cuerpo diplomático acreditado ante la Santa Sede.

Me llamó la atención, más que su contenido, su estilo. Quizás es un texto no muy apropiado para encontrar hueco en una revista sobre empresa. Su lectura, sin embargo, me hizo valorar una forma de situarse ante la realidad de un profundo contenido ético.

¿Qué hace el papa en su discurso? Sencillamente, pasar revista a la situación del mundo utilizando como hilo conductor los viajes que realizó durante 2019. Va recordando los países visitados y destacando lo que en ellos fue encontrando de esperanzador y de inquietante. Empieza por la Jornada de la Juventud en Panamá y termina con su visita a Tailandia y Japón.

¿Por qué digo que descubrí en él un trasfondo ético del que quiero hacerme eco aquí? La respuesta requiere desechar previamente una concepción de la ética demasiado vinculada a la norma: qué está permitido y qué no. En el discurso no faltan juicios éticos sobre situaciones, pero no es esto lo que más quisiera destacar. Me impactó más lo que llamaría un talante ético: la actitud desde la que se acerca a realidades tan diversas como las que desfilan por estas diez páginas de texto.

En este situarse ante la realidad se huye también de otra forma tácita de actitud ética: la que se ciñe a denunciar lo que es rechazable. Porque una verdadera ética, capaz de hacernos avanzar, es, ante todo, una apuesta por lo que merece la pena para uno mismo y para la sociedad. La ética no se agota en la denuncia ni se recrea en ella, aunque no la eluda: tiene que empeñarse además en ampliar horizontes y desplegar esperanza.

Ahora bien, esta apuesta hay que hacerla con los pies muy en la tierra. El discurso papal se abre con la confesión de que 2020 se inicia marcado, no por signos alentadores, sino por “una intensificación de las tensiones y la violencia. Pero precisamente por eso no podemos dejar de esperar. Y esperar exige valentía”.

¡Cuántas veces la realidad se impone con tanta crudeza que no genera en nosotros sino desaliento! La ética tiene que conjugar el realismo con la esperanza y la osadía; está llamada a ser un impulso para ver en esa realidad procesos de largo alcance (para que no nos ahogue el corto plazo); pero es, al mismo tiempo, un estímulo para descubrir en ella pequeñas iniciativas, casi irrelevantes, que abren rendijas por las que se cuelan rayos de esperanza.

Un ejemplo de ese destacar la visión a largo plazo serían las reflexiones dedicadas al proceso de construcción europea: la debilidad actual de la Unión Europea o la inminente ruptura del Brexit no podrían eclipsar lo que desde su origen es un proyecto de construcción inclusiva, animado por un espíritu participativo y solidario, capaz de mostrar que las divisiones que habían enfrentado secularmente a Europa podían reorientarse en un proceso gradual de comunión de ideales y recursos.

Un ejemplo de iniciativas menos relevantes que despiertan esperanzas lo encontramos en las referencias a dos países de África: en Madagascar, donde se puede constatar que “es posible construir seguridad donde había precariedad, ver esperanza donde se veía sólo fatalidad, vislumbrar vida donde tantos anunciaban muerte y destrucción”; o en Mauricio, donde las diferentes religiones van colaborando en la tarea de construir la paz social y recordando el valor trascendente de la vida contra todo reduccionismo.

Vuelvo a la pregunta inicial: todo esto ¿qué tiene que ver con el mundo de la empresa? Primero, porque ese talante ético también vale para afrontar la realidad empresarial. Y segundo: porque esa realidad no es solo el contexto en que la empresa vive, sino también el contexto sobre el que ésta interactúa; ella no es solo agente pasivo, sino actor que puede contribuir, que debe contribuir responsablemente, a construir paz y esperanza.

Ildefonso Camacho SJ | Universidad Loyola Andalucía

Artículo incluido en el número de febrero de la revista Agenda de la Empresa