Voy a comenzar recordando un principio, a la vez filosófico y moral, que enunció en 1965 el Concilio Vaticano II: “El principio, el sujeto y el fin de todas las instituciones sociales es y debe ser la persona humana”. Puede parecer una obviedad, pero es rico en contenido y consecuencias.

Contenido. Los términos “principio”, “sujeto” y “fin” no son una redundancia retórica, propia de un cierto lenguaje clerical. “Principio” quiere decir que la persona humana es la que da el sentido a las instituciones sociales, la clave desde la que hay que interpretar cómo organizarlas y hacerlas funcionar. “Fin” quiere decir que han de estar al servicio de esa persona. “Sujeto” quiere decir que es la persona o las personas las que tienen que actuar y ser protagonistas, no solo beneficiarias (como ocurre en ciertas instituciones marcadas por un disimulado sesgo paternalista que termina instrumentalizando a esos “beneficiarios”).

Las consecuencias de este principio son numerosas. Porque esas instituciones no siempre están al servicio de las personas (sino de otros intereses), ni concebidas y organizadas en clave humana y humanizadora. Pero quiero referirme, sobre todo, a eso de que la persona es “sujeto”. Dos consecuencias tengo o he tenido cercanas estos días.

Estamos en campaña electoral y acabamos de terminar otra. ¿Son los procesos electorales expresión de ese protagonismo de las personas -en este caso, de los ciudadanos- que la democracia parece exigir? Estamos lejos de una democracia directa. ¿Es posible y deseable intentar acercarse a ella? Nos echa para atrás la complejidad de nuestras sociedades, que hace poco viable aquel modelo que muchos admiraron, y admiran todavía (muchas veces, con escaso conocimiento de causa), en la polis griega.

Probablemente habrá que buscar fórmulas inéditas, más acordes con las condiciones de nuestras sociedades. Algunos pasos se van dando: son iniciativas que surgen en la sociedad civil articulándola y rompiendo esa separación tan tajante entre mundo político y vida social. Es más, en la sociedad existen organizaciones (y grupos) que se esfuerzan en promover sus intereses propios, pero existen también otras que se ocupan de intereses de terceros. A veces son criticadas porque se achaca al Estado el estar aprovechándose de ellas para que asuman tareas que son responsabilidad de los poderes públicos. Siempre me pareció esa una postura que no contempla un sano concepto de subsidiariedad, según el cual el Estado no se empeñaría en invadirlo todo, sino que se limitaría a suplir y completar lo que otras instancias sociales no alcanzan a hacer.

Se trata, en resumen, de articular a la sociedad desde abajo, en dar cabida a iniciativas surgidas de la espontaneidad y creatividad de una sociedad no adormecida plácidamente en brazos del Estado y esperándolo todo de él.

La otra consecuencia o aplicación se mueve en un terreno algo diferente: el de los proyectos de cooperación al desarrollo. Recientemente oí a gente que son beneficiarios en América Latina de proyectos que se gestan en Europa. Se quejaban de encontrarse con el ofrecimiento de proyectos que ellos no habían pedido, para el que les solicitaban  una colaboración que redundaría al final en provecho para ellos. No es así -decían-: porque, una vez que quedan justificados todos los gastos en que se ha incurrido y que hoy día auditan las entidades financiadoras con tanto rigor, no se vuelve a saber de ellos. Se quejaban, en una palabra, de sentirse instrumentalizados. Detrás de la buena voluntad del donante se oculta muchas veces demasiado desconocimiento de la realidad a la que se pretendería ayudar. Como si desde aquí lo supiéramos todo y pudiéramos formular los problemas y elaborar las soluciones sin preguntarles ni escuchar cómo expresan ellos sus necesidades y cómo sugieren que podrían abordarse.

En resumen, tanto en un caso como en otro, la persona no es sujeto activo, sino solo referente pasivo. ¿Beneficiario al menos? A veces hay razones para dudarlo. Porque lo que prevalece, por encima de todo, es una cierta prepotencia disfrazada de competencia científica indiscutible. Y también -lo que es peor- porque lo que se percibe es una tendencia inconfesable a la instrumentalización del otro, utilizado para conseguir recursos económicos o renombre social, o vaya Ud. a saber qué…

Ildefonso Camacho SJ | Universidad Loyola Andalucía

Artículo incluido en el número de junio de la revista Agenda de la Empresa