Estamos en vísperas de elecciones generales, a las que seguirá una segunda convocatoria (elecciones europeas, autonómicas y municipales). Y los ciudadanos, como el que esto firma, nos preparamos con resignación a más de tres meses de precampaña y campaña. No se entienda esto desde el desprecio hacia la política, sino desde la decepción ante lo que estamos viendo: precisamente porque valoramos la política nos decepciona tanto lo que vemos cada día en los medios.

Como ciudadano constato dos fenómenos que no solo no me alarman: me producen cierta esperanza. Primero, las alternancias en el poder quizás no sean tan malas como parece nos quieren hacer creer algunos (sobre todo en Andalucía después del vuelco electoral de diciembre pasado): cuando uno no siente una identificación sustancial por una sigla o una ideología política, no se asusta de que haya cambio y contempla con escepticismo esos discursos arrebatados contra pretendidos fanatismos (¿no hacen sospechar de un fanatismo quizás igualmente preocupante?). Segundo: parece concluida la etapa del bipartidismo en España (un bipartidismo que, de hecho, fue casi siempre solo relativo) y nos encontramos con un escenario de pluripartidismo, donde es difícil encajar los nuevos “partidos” en los esquemas clásicos de izquierda/centro/derecha.

Este escenario es novedoso. Deberíamos acogerlo como una oportunidad, a pesar de que ya se está contaminando por las conocidísimas estrategias que priorizan las descalificación del otro, especialmente del que más votos nos puede quitar. A los ciudadanos nos interesaría encontrar en el discurso político no tanto radicalizaciones simplificadoras sobre el otro, sino búsqueda de respuestas concretas a problemas concretos. En este escenario plural es improbable que una fuerza política consiga votos suficientes para gobernar en solitario, por mucho que se manejen (y/o se manipulen) encuestas y estudios de opinión. Lo que se impondrá, más tarde o más temprano, es que habrá que negociar para poder llegar a fórmulas viables de gobierno. Y negociar supone buscar líneas de posibles coincidencias y de encuentro, no acentuar y exagerar las diferencias.

Y aquí viene a cuento el dicho que encabeza esta página: “nada hay más práctico que una buena teoría”. Se atribuye a un filósofo polaco, Kurt Lewin (va a resultar que -en contra de lo que piensan muchos- algunas veces los filósofos dicen cosas de gran utilidad práctica).

¿Qué teoría? En ética se suele distinguir entre lo bueno y lo justo, distinción que se ha impuesto para buscar vías de entendimiento ético en sociedades plurales como las modernas.

Lo bueno se refiere a la concepción de la vida que concreta la idea de felicidad que tiene cada uno. Fue ya Aristóteles quien concibió como el fin de la ética la búsqueda de la felicidad o -como quizás diríamos mejor hoy- la plena realización como personas. Pero hoy coexisten diversas concepciones de la felicidad: unas proceden de tradiciones religiosas (el cristianismo es una de ellas); otras tienen un origen más laico (ideologías modernas). Nadie estaría legitimado para imponer su concepción de la felicidad a toda la sociedad.

Frente a lo bueno, lo justo se limita a identificar aquellos mínimos que son necesarios para que en una sociedad plural puedan convivir personas y grupos que entienden de forma distinta lo que es la plenitud humana. Y esto sí es exigible a todos porque es la condición para que cada uno pueda vivir según sus convicciones y aspiraciones sin que ello sea obstáculo para la vida de los demás.

Pues bien, la política se mueve en el campo de lo justo, no de lo bueno. No es su tarea definir lo que es bueno, y menos aún imponerlo. Solo garantizar las condiciones para que cada uno viva según sus ideas. La política es, entonces, claramente un servicio a la sociedad, no una invasión del ámbito de la privacidad de cada uno. ¿No situaría este enfoque el debate político y la precampaña-campaña en un horizonte más atractivo para nosotros, ciudadanos?

Ildefonso Camacho SJ | Universidad Loyola Andalucía

Artículo incluido en el número de marzo de la revista Agenda de la Empresa