Ha caído en mis manos el último libro de Muhammad Yunus. Su título es, por lo menos, ambicioso: El mundo de tres ceros. La nueva economía de pobreza cero, desempleo cero y cero emisiones netas de carbono (Editorial Paidós, 2018). Su lectura me ha recordado hoy el relato que leí hace tiempo de la experiencia que le llevó a idear la fórmula del microcrédito. Cuenta Yunus cómo había ido de Bangladesh, su país natal, a Estados Unidos para estudiar economía con una beca Fullbright; y cómo comenzó a enseñar en la Universidad de Chittagong. Enseñaba grandes teorías sobre el desarrollo de los pueblos mientras en su país y a su alrededor se desataba la gran hambruna de 1974.

Y fue en una aldea cercana, Jobra, donde descubrió cómo unas mujeres tenían que dedicar toda la jornada de trabajo haciendo taburetes de bambú para obtener una ganancia equivalente a 0,2 dólares como consecuencia de tener que vivir a expensas de los prestamistas, verdaderos usureros. Hizo una lista de 42 mujeres dedicadas a esa actividad y calculó que para liberarse de los usureros necesitarían 27 dólares cada día: ¡menos dinero de lo que él solía llevar en el bolsillo! Decidió prestárselo, y que se lo devolvieran cuando pudieran… Así nació la idea del microcrédito.

Convencido del valor de esta iniciativa para afrontar la pobreza de personas concretas, emprendió la tarea de institucionalizar su invento. Para disponer de dinero que prestar recurrió, lógicamente, a los bancos. ¿Prestar a los pobres? ¿con qué garantías? ¿y en cantidades tan irrisorias, qué posibilidad de negocio? En la lógica del mundo económico-financiero no encajaba esta propuesta: el mercado parecía incapaz de responder a esta demanda.

Poco a poco la iniciativa de prestar esas cantidades tan irrelevantes a personas sin garantías financieras se fue abriendo camino. En el desarrollo posterior del microcrédito no nos vamos a detener. Es más interesante reflexionar sobre esa experiencia inicial y su alcance ético.

Quizás lo más significativo en ella es ver cómo el contacto con la realidad golpea nuestra sensibilidad y cuestiona las teorías económicas. Éstas son necesarias para comprender la realidad, pero insuficientes para que ese conocimiento sea pleno. Por eso es preciso este continuo vaivén desde la realidad a la teoría y viceversa. Entonces se descubre que el mundo real es más complejo y hay dinámicas en él que escapan a los modelos teóricos.

Los supuestos financieros excluían a los pobres, reduciéndolos a una demanda insignificante, que no merecía la pena atender. Pero ésa era también una necesidad, humana como la que más, y digna de ser atendida por los mecanismos que arbitra la sociedad para hacer frente a las necesidades económicas de todos (?).

Y la realidad sigue dándonos lecciones. Una, importante: ese modelo del microcrédito funciona, aunque falten las condiciones que un financiero prudente exigiría. Porque los pobres devuelven el dinero (extremo del que muchos dudaban) y además encuentran recursos para salir de esa pobreza, fuente de explotación.

La propuesta de Yunus, el banquero de los pobres, va más allá. Se expresa con toda su fuerza en el libro citado, que recoge otras experiencias posteriores en que se ha implicado: la de lo que él llama empresa social. Su tesis consiste en cuestionar el supuesto clave del modelo económico dominante: que la economía siempre ha de funcionar movida por el interés particular. Es cierto que muchas veces es así -la inmensa mayoría de las veces-, pero no siempre. Es el caso del microcrédito: no hay motivación lucrativa, pero se da respuesta a necesidades reales. La realidad desborda a la teoría.

Precio de la simplificación teórica: la eliminación de los menos significativos. Los excluidos por los mecanismos de la sociedad son también excluidos por las teorías, aun las más sofisticadas. La ética, que siempre tiene un momento de instancia crítica, tiene que dejarse interpelar por la realidad para exigir honestidad al científico: honestidad que es humildad, para reconocer que su vocación, con ser decisiva en nuestro mundo, tiene que huir de toda prepotencia y dejarse cuestionar por quienes son más irrelevantes en la sociedad. También eso permitirá que la ciencia avance al servicio de todos.

Ildefonso Camacho SJ | Universidad Loyola Andalucía

Artículo incluido en el número de mayo de la revista Agenda de la Empresa