Hace poco más de un año escribí sobre otra máxima parecida: “La realidad es superior a la idea”. Tanto aquella máxima como la que he escogido hoy proceden del Papa Francisco. Forman parte de esa filosofía de la vida y de la historia que él transmite en sus escritos y manifestaciones. Pero el alcance de esta parece menos obvio que el de la anterior. ¿Qué se quiere decir con eso de que el tiempo es superior al espacio?

El término “espacio” sugiere un lugar acotado, mientras que el de “tiempo” remite más bien a un horizonte abierto. Lo limitado frente a lo ilimitado. Lo controlado o controlable frente a lo que parece incontrolable. He ahí las claves para entender lo que el Papa quiere expresar. Y todavía añade: más que ocupar espacios, iniciar procesos. El proceso remite a una dinámica temporal que se pone en marcha, cuyo futuro no controlamos. Y esto puede generar vértigo.

¿Cómo vivimos en cuanto humanos esta contraposición? Como la seguridad que da lo controlado o como el vértigo que genera lo que escapa a nuestro control. Pero somos más proclives a ocupar espacios que a iniciar procesos.

La sociedad en que vivimos nos lleva a eso. Preferimos lo tangible a lo intangible, lo que es real a lo que todavía solo es proyecto. Casi nos obsesiona el corto plazo. Es fruto de nuestro pragmatismo: “más vale pájaro en mano que ciento volando”.

Ocurre en el mundo económico, cuya lógica tanto condiciona la existencia humana. Se buscan resultados cuantificables a corto plazo. Si no, los clientes o los inversores se van porque la competencia ofrece mejores alternativas. Se prefiere invertir en los mercados de valores que hacerlo creando un negocio: en el primer caso las plusvalías pueden ser cuestión de horas; en el segundo, hay que esperar años.

Ocurre en el mundo político. Ya no resultan atractivos ni los grandes programas de antaño, ni las ambiciosas propuestas ideológicas. Por eso, los partidos ofrecen logros inmediatos y concretos para destinatarios igualmente concretos (funcionarios públicos, pensionistas, docentes, etc.). Cosa distinta es que luego puedan responder… También aquí la lógica económica mercantiliza un ámbito que está concebido con fines más generales (el bien común, el bien de todos, no el bien de los que suman más votos).

Y ocurre en nuestra existencia personal y en nuestro comportamiento. Todo se mide con resultados palpables. Las grandes cuestiones nos aburren, no merece la pena dedicar nuestro tiempo a cosas que no está en nuestras manos resolver. Empleamos nuestras energías para cosas más asequibles y a las que podemos sacar un provecho más inmediato.

Es más. Ocupar espacio, ejercer nuestro poder sobre lo que controlamos, nos da seguridad. Y eso, en tiempos de incertidumbre, es capital. En un mundo de abundancia como el nuestro es paradójico que nos sintamos más inseguros. Pero es difícil negar que ocurre así. Quizás porque la abundancia va unida a la competitividad, y esta hace al mundo más hostil. Hace tiempo, Peter Berger hablaba de “un mundo sin hogar”, un mundo donde las exigencias de la producción y de la burocracia reducen el ámbito personal y limitan el papel de los lazos humanos, que se vuelven más inestables y vulnerables.

Esta realidad no puede ser ignorada porque forma parte de nuestra identidad moderna y posmoderna. Pero tampoco debemos resignarnos sin rechistar. Conviene tomar una cierta distancia crítica, desde el respeto a nuestras limitaciones, a las que no renunciaríamos a gestionar. “El tiempo es superior al espacio” es una invitación a no rehuir siempre la incertidumbre, a saber convivir con lo irresuelto, no sea que nos precipitemos en soluciones falsas. Es una invitación a la creatividad para que no nos encerremos en lo seguro y estemos abiertos a un futuro mejor, para nosotros y para los demás, sobre todo para quienes ese futuro es más tenebroso.

Ildefonso Camacho SJ | Universidad Loyola Andalucía

Artículo incluido en el número de febrero de la revista Agenda de la Empresa