La misma expresión “pensamiento social cristiano” provoca reacciones muy diversas. Más todavía, si hablamos de “Doctrina social de la Iglesia”. Unos lo critican como una legitimación larvada del statu quo frente a todas las propuestas de cambio surgidas en los dos últimos siglos. Otros lo ven como una reflexión excesivamente abstracta, que se refugia en grandes principios sin descender nunca a la realidad concreta. Para otros, por el contrario, es la mejor síntesis doctrinal sobre las cuestiones sociales inspirada por la tradición cristiana y, últimamente, por el Evangelio.

Citaré como ejemplo el último documento oficial del papa Francisco sobre el cuidado de la casa común (Laudato si’). Aunque han sido muchas las lecturas hechas de él -unas más críticas, otras más laudatorias-, pocos dudan de su interés y actualidad. En él se mezcla el análisis de la realidad, las reflexiones éticas o las aportaciones desde la tradición y la espiritualidad cristiana.

Ante documentos como este me siento bastante lejos de interpretaciones como las mencionadas más arriba. No me convencen porque creo que no responden a una lectura desapasionada. En los muchos años que fui profesor de esta materia, mi primer objetivo era que mis alumnos leyeran directamente los textos, sobre todo los grandes documentos de los papas últimos o no tan recientes, o algunos del Concilio Vaticano II. Reconozco que esa lectura no es fácil ni amena, pero es instructiva. A mí me enseña al menos dos cosas.

Una primera lección. Estos textos que se presentan como doctrinales nacen en un contexto histórico determinado, pretenden responder a problemas de ese momento. Es cierto que echan mano de principios morales, pero no se limitan a formularlos solemnemente: buscan iluminar una toma de posición sobre lo particular.

En este sentido, el pensamiento social cristiano hay que verlo como un proceso abierto de reflexión y no como doctrina cerrada y sistemática, atemporalmente válida, capaz de resolver por sí misma todo cuanto nos salga al encuentro. No puede ser tan pretensiosa (aunque a veces tiende a presentarse así), ha de ser mucho más modesta. Pero en esa modestia está -a mi entender- su mayor riqueza. Porque es un estímulo para no repetir grandes verdades, sino profundizar en lo nuevo de cada momento desde una sensibilidad inequívocamente cristiana.

Este carácter procesual, y las circunstancias de cada momento, la hacen actuar algunas veces con retraso, pero otras le permiten adelantarse a enfoques que se generalizarán más tarde.

Esas circunstancias de cada momento la han condicionado mucho, para bien y para mal. Porque todo este proceso abierto de reflexión está situado en el tiempo, en un tiempo que ha estado marcado por el debate de las dos grandes ideologías del mundo moderno desde el siglo XIX para acá. Y esta es la segunda lección que podemos extraer: el pensamiento social cristiano ha ido tomando cuerpo en el debate con el liberalismo y con el marxismo. No es una alternativa a las propuestas concretas de estos en cuanto a la organización política o socioeconómica de la sociedad. Pero sí es alternativa a la concepción de la persona humana de cada una y a sus consecuencias para la sociedad.

El liberalismo ha exaltado al individuo y su libertad como el valor supremo (no el único) que hay que promover. El marxismo, por el contrario, tiende a subordinarlo todo a la sociedad, una sociedad igualitaria. La tradición cristiana propone un modelo de persona, que no se entiende como individuo aislado, sino como ser social, abierto a los otros, incapaz de realizarse a sí mismo sin contar con los demás. Estamos en el terreno de los valores que inspiran últimamente cosas tan decisivas como los derechos humanos o las instituciones de la sociedad. Esto ha sido lo que ha intentado siempre profundizar la filosofía personalista, de honda inspiración cristiana.

En la práctica de propuestas concretas se pueden identificar muchos espacios de acuerdo donde creyentes y no creyentes se encuentran, apoyando lo mismo desde concepciones antropológicas distintas. No es una paradoja, ni una contradicción: es solo aceptar cómo la realidad es más compleja que las ideas, pero no se puede entender ni gestionar sin recurrir a las ideas y los valores.

Ildefonso Camacho SJ | Universidad Loyola Andalucía

Artículo incluido en el número de julio/agosto de la revista Agenda de la Empresa