Probablemente pasará desapercibido. Pero el 10 de diciembre de este año celebramos los 70 años de la aprobación, en una ONU que se estaba estrenando, de la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Recordarlo merece la pena aprovechar para refrescar lo que aquel 10 de diciembre de 1948 significó.

Me sorprende y me entristece oír a veces cómo se menosprecian los derechos humanos, argumentando que se cumplen poco (lo que no deja de ser cierto en muchos lugares) o que solo sirven para legitimar estructuras de poder opresivas… Su mal uso o su escaso cumplimiento no anulan el valor de la Declaración. Este valor se concretaría en tres aspectos: las circunstancias que la rodearon, el consenso universal que expresa, los contenidos mismos.

Las circunstancias de 1948 no conviene que se pierdan en el olvido. Habían precedido seis años de guerra, que dejaron más de 60 millones de muertos, familias destrozadas, destrucción y miseria por doquier. Un fracaso sin paliativos para la convivencia de la humanidad. La Declaración es una reacción decisiva para iniciar otro camino: el de una paz duradera entre los pueblos. Fue resultado del acuerdo de la inmensa mayoría de los gobiernos del mundo, entre los que se contaban vencedores y vencidos. La segunda guerra no se cerró con un ajuste de cuentas entre unos y otros (como ocurrió tras la primera), sino poniendo a punto un instrumento para que una tragedia igual no se repitiera.

El consenso universal se fraguó aunando voluntades que procedían de tradiciones culturales e ideologías diferentes. El proceso fue complicado hasta llegar al acuerdo. Los testimonios y los estudios que dan cuenta de cómo el texto se gestó ponen de manifiesto cuán complejas fueron las conversaciones. Aunque entre los redactores del texto había personalidades de orientación democristiana, se aceptó renunciar a una referencia inicial a Dios como fundamento y origen de los derechos humanos, como precio a pagar para que gobiernos de Estados ateos se adhirieran a la Declaración.

Pero esto no significa que la Declaración fuera fruto de un mero acuerdo de voluntades por razones estratégicas o como expresión del derecho positivo. Hay detrás una conciencia de que se están desarrollando exigencias irrenunciables de la persona humana. Es decir, hay un fundamento ético, que está por encima de la voluntad de las personas y es percibido como un principio de orden superior. En medio de un pluralismo cultural tan variado, la humanidad va encontrando caminos de convergencia donde las distintas culturas se reconocen. O sea, no es el poder bruto el que tiene la última palabra, sino un orden moral objetivo que nos obliga a todos.

Este consenso se expresa en derechos cuyos contenidos se han ido enriqueciendo desde las primeras declaraciones: la de Independencia de los Estados Unidos (1776) y la de los Derechos del Hombre y del Ciudadano de la revolución francesa (1789). Ambas se ciñeron a los derechos civiles y políticos, que son la base del Estado de Derecho, bajo inspiración liberal. La Declaración de 1948, que ya no es de un Estado, sino de pretensiones universales, incluye además los derechos sociales, que constituyen el eje del Estado social de Derecho, bajo la inspiración socialista y socialdemócrata. Esta distinción pone de relieve que el reconocimiento de los derechos humanos no se hizo de una vez por todas, sino que es fruto de un largo proceso histórico. En este proceso el reconocimiento no siempre ha sido pacífico, sino resultado de largas luchas.

Este proceso de reconocimiento no hay que darlo por cerrado. En un mundo globalizado, surge la conciencia de nuevos derechos (al desarrollo, al medioambiente, a la paz) que nos muestran nuevas vías para hacer más habitable esa casa común que nos acoge a todos, que nos debería acoger como iguales.

Ildefonso Camacho SJ | Universidad Loyola Andalucía

Artículo incluido en el número de diciembre de la revista Agenda de la Empresa