Lo pongo con interrogación… Su muerte reciente (8 agosto) ha sido ocasión para rememorarle a través de innumerables testimonios y comentarios de la gente más diversa. No precisamente del mundo empresarial. Mi pregunta significaría: ¿tiene algo que aportar Casaldáliga a la empresa?

¿Quién fue Pedro Casaldáliga? Un religioso claretiano que llegó en 1968 como misionero a un rincón perdido del Mato Grosso brasileño. Tres años después se convertía en obispo de São Félix de Araguaia. Allí encontró una población indígena, en condiciones de vida muy precarias, que se veía además amenazada por los grandes “fazendeiros”, los cuales pretendían ampliar sus ya extensas propiedades a costa de las tierras de las que vivían aquellos pueblos. Argumentaban que sus cultivos extensivos favorecerían las exportaciones y la economía brasileña, encontrando para su expansión el apoyo del régimen militar gobernante. Los indígenas reivindicaban “sus” tierras, no solo como medio para subsistir, sino como su hogar y la fuente de su identidad compartida con sus antepasados (una lectura cultural, para nosotros occidentales difícil de entender).

La relación de Casaldáliga con la empresa -con aquellos grandes empresarios- no fue fluida. Pronto resultó conflictiva. Incluso llevó a algunos a intentar eliminar a aquel obispo que se metía donde nadie le llamaba…

Sin embargo, podría enfocarse esta relación de otra manera. ¿Sería aventurado decir que Casaldáliga fue “un gran empresario”? Resultará paradójico a muchos. Todo depende lo que se entienda por empresa y empresario.

Me permito destacar tres cualidades que encajarían con la imagen común del empresario, aunque él las interpretó de modo algo peculiar:

                1ª) Llegó a ser líder de aquel grupo humano. Aunó voluntades de gente que se sentía impotente y desbordada por una situación que amenazaba su supervivencia. Les hizo creer que uniéndose y organizándose su capacidad de acción se multiplicaba.

                2ª) Supo asumir un riesgo. No un riesgo económico, sino de algo mucho más valioso: arriesgó su vida. Estaba convencido de que, sin arriesgar, los caminos se cierran y el futuro se vuelve incierto, inviable.

                3ª) No excluyó la dimensión económica. Pero ahora no para obtener grandes excedentes pecuniarios, sino para garantizar que aquella gente podría sobrevivir. Y no con grandes inversiones financieras, sino con cuantiosas aportaciones de capital humano, para hacer productivo el único recurso disponible, la tierra.

Resulta de todo esto un modelo de empresa distinto, que no mide su éxito por los márgenes económicos obtenidos o por su contribución a la producción nacional. Lo mide, más bien, por el número de personas a las que permite vivir (y no solo en términos económicos, sino asegurándoles su vinculación a la tierra, factor indispensable para su identidad personal y colectiva).

En este “talante empresarial” movieron a Casaldáliga dos valores:

                1º) La libertad. Siempre coherente consigo mismo. Frente a los que intentaban ganarlo con promesas de ayuda, pero que en el fondo solo buscaban ponerlo al servicio de otro modelo de progreso y desarrollo para la región, basado en las grandes magnitudes macroeconómicas. Igualmente frente a las autoridades eclesiásticas de Roma, que pretendían corregir algunas de sus ideas y una praxis demasiado arriesgada. Esa libertad, que todos le reconocían -algunos, no sin pesar- terminó dándole una autoridad incuestionable. Autoridad y libertad: he ahí un binomio que no acaban de descubrir muchos que necesitan dotarse de autoridad, pero no aciertan con el camino para alcanzarla…

                2º) Una opción decidida por los más desfavorecidos de la sociedad en que le tocó vivir. En una sociedad tan desigual que tiende a profundizar las diferencias, como era la brasileña del Mato Grosso, esa opción obligaba a tomar partido decididamente por los indígenas. Y no le faltó libertad para hacerlo.

No cabe ocultar que detrás de todo esto hay una motivación inequívocamente religiosa. No es posible entrar en el detalle de esta dimensión de su existencia. Basta leer alguno de sus muchos escritos para convencerse.

Una observación final. La fe cristiana no tiene por qué conducir al alejamiento de los problemas de este mundo, como muchos pretenderían. Es, no el único, pero sí un eficiente estímulo para empeñarse en el compromiso por servir a la sociedad para humanizarla. Algo que engrandece a todo ser humano. También al empresario.

Ildefonso Camacho SJ | Universidad Loyola Andalucía

Artículo incluido en la edición de  septiembre de Agenda de la Empresa