Siempre han atraído mi atención los Informes sobre Desarrollo Humano que viene publicando desde 1990 un organismo de Naciones Unidas: el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD). Acaba de hacerse público el último: Informe sobre Desarrollo Humano 2020. La próxima frontera. El desarrollo humano y el Antropoceno.

Atraen mi atención estos informes porque veo en ellos un esfuerzo permanente por profundizar el sentido moral del desarrollo. Para eso formularon el concepto de desarrollo humano como contrapunto a definiciones miopes del desarrollo. Miopes por sesgadas o parciales, atentas solo a un aspecto: el económico, y entendido en términos globales. La dimensión ética se muestra en ese tomar distancia de un concepto que había servido de hecho como norte a todas las políticas de desarrollo: desarrollarse un país consiste en hacer crecer su renta.

Es justo recordar que en 1965 la Iglesia Católica, en el Concilio Vaticano II, ya había formulado su propuesta de un “auténtico desarrollo”. Con dos adjetivos: desarrollo integral y solidario, de todo el hombre y de todos los hombres. Estos rasgos salían al paso de las tendencias de aquel momento: un desarrollo prácticamente circunscrito a lo económico que se disfrutaba solo en algunos pueblos, no en todos (¿en unos a costa de otros?). Estaba ahí, ya en ciernes, el concepto de desarrollo humano.

Desde 1990 el PNUD ha trabajado, ante todo, por formular una nueva definición de desarrollo; y, en segundo lugar, por poner a punto indicadores que midan el nivel del desarrollo así concebido (más allá del indicador clásico, el PIB per cápita).

¿Cómo enfocar esa nueva definición? Poniendo en el centro, no lo que recibe el sujeto, sino lo que el sujeto es capaz de hacer con lo que recibe, que no será solo dinero, sino ciertos servicios que cubren necesidades primarias del ser humano en el ámbito de la salud y de la educación. Si goza de una salud aceptable y ha alcanzado un cierto nivel de formación, la persona estará más capacitada para hacer realidad sus aspiraciones. El desarrollo ya no consiste en transmitir bienes sino en empoderar a las personas: hacerlas más capaces para ser ellas mismas.

¿Cómo medir ese nivel de desarrollo humano? Los instrumentos no pueden ser tan sencillos como eran los clásicos. El PNUD preparó un Índice de Desarrollo Humano donde se incluían datos sobre ingresos, nivel de educación y estado de salud. Posteriormente ha ido mejorando estas herramientas para incorporar otros aspectos: la desigualdad de género y el empoderamiento de las mujeres, la distribución del desarrollo humano dentro de los países, la pobreza como una realidad multidimensional (no solo económica). Con estos avances se ha ido perfeccionando el contenido del desarrollo humano como instrumento para medir el progreso real de los pueblos.

Más recientemente, el Informe de 2019 abordó la cuestión de la desigualdad (Más allá del ingreso, más allá de los promedios, más allá del presente. Desigualdades del desarrollo humano en el siglo XXI). Y es que, siendo cierto que la pobreza va disminuyendo en el mundo, las desigualdades van aumentando y van generando unos desequilibrios de poder económico que llegarían a traducirse en un profundo dominio político, siempre que no se atajen a tiempo estos procesos.

Y hay una estrecha relación entre este Informe de 2019 y el de 2020. En aquel importaba, ya no el tamaño total de la tarta, sino cómo se distribuía; en el de 2020 la preocupación está en el horno en el que se cocina esa tarta. Si el PNUD ha promovido siempre políticas que amplíen las libertades humanas, en este último propone aliviar, al mismo tiempo, las presiones planetarias cuidando el horno.

En su carta sobre el cuidado de la casa común ya lo afirmaba en 2015 el Papa Francisco: la crisis medioambiental y la social tienen una misma raíz, y hay que abordarlas conjuntamente. Sus manifestaciones son variadas: el cambio climático en todas sus formas, una movilidad social que disminuye mientras aumenta la inestabilidad social, los signos de retroceso democrático y aumento del autoritarismo, la fragmentación social… La pandemia de COVID-19 no es sino la última manifestación de estos desequilibrios medioambientales y sociales a la vez.

Ildefonso Camacho SJ | Universidad Loyola Andalucía WEB Ildefonso Camacho

Artículo incluido en la edición de febrero de Agenda de la Empresa