Nuestra sociedad nos impulsa a vivir de lo inmediato, y si es medible mejor. El tiempo apremia y los resultados son decisivos, igual da que estemos hablando de un equipo de fútbol, de un partido político, de una empresa productiva o de un centro educativo… En todas estas organizaciones nos vemos invadidos por indicadores que permiten reducirlo todo a números, a rankings. Pero, ¿no es bueno preguntarse a veces qué estamos midiendo y si es eso realmente lo que merece la pena medir?

Esa es la “manía” de la ética: hacer preguntas. Dicho con otras palabras: tomar distancia respecto a lo inmediato. Y esa manía ética no encaja en el ritmo, tan acelerado, al que discurre nuestra vida.

Hacer preguntas significa no dar por obvio lo que hay o lo que estamos haciendo, cuestionar si no sería mejor hacerlo de otra manera. En muchas ocasiones, se nos invita a preguntar el por qué y el para qué.

Hacer preguntas significa también aceptar que encontrar la respuesta adecuada quizás requiere tiempo, porque no disponemos de una especie de “vademécum” que nos facilita automáticamente la respuesta a todo. A veces solo nos atrevemos a preguntar aquello para lo que confiamos obtener rápidamente una respuesta. Las preguntas sin respuestas previsibles nos causan demasiada incomodidad y no somos capaces de convivir pacíficamente con ellas. Por eso, la pregunta ética precisa cambiar nuestros ritmos.

Este sesgo de nuestra cultura moderna ya lo constató y criticó Max Horkheimer en su Crítica de la razón instrumental (1947). La racionalidad moderna es instrumental porque se ocupa sobre todo de los medios y muy poco de los fines. Interesa más el cómo que el qué o el para qué. Probablemente, en este sesgo está una de las claves para explicar el desarrollo tecnológico de nuestra época. Pero, ¿no estamos siendo víctimas de nuestras conquistas? ¿No conviene tomar distancia alguna vez y someterse a la disciplina ética, a su “manía” de preguntar?

El caso del desarrollo ilustra bien esta cuestión. Y es oportuno recordar aquí a Denis Goulet, considerado como el pionero de la ética del desarrollo. Su trayectoria refleja vivencialmente lo que estamos diciendo de modo más teórico. Goulet comenzó trabajando en proyectos de desarrollo en países y regiones de mucho atraso. Y fue esa experiencia de contacto directo con la realidad la que le llevó a preguntarse por el sentido último de lo que estaba haciendo. No fue un teórico de laboratorio: llegó a la teoría desde las preguntas con que la realidad le provocaba.

Su obra más conocida, Ética del desarrollo (1995), es el fruto maduro de quien ha estudiado a los teóricos del desarrollo descubriendo en ellos ese sesgo de la racionalidad instrumental, muy atenta a cómo alcanzar ciertos niveles de desarrollo, pero relegando a un segundo plano qué cuestiones como qué desarrollo se buscaba y por qué. Constataba Goulet que muchos autores se preguntaban: ¿cómo alcanzar el desarrollo? ¿Cuáles son los obstáculos que se interponen en muchos pueblos para alcanzarlo? Él se atrevió a formular otra cuestión: pero, ¿qué desarrollo es el que Ustedes. quieren?

Y dio un paso adelante. Hasta ahora hemos orientado de hecho el desarrollo a incrementar el PIB y los recursos disponibles. Pero, ¿es eso lo que aprovecha realmente a la gente? Más renta ¿aumenta automáticamente el bienestar? Si solo se reconocen los valores medibles en términos monetarios, ¿no estamos reduciendo a la persona a simple instrumento de producción, a unidad de consumo o a votante potencial? Para Goulet, el desarrollo debería consistir en organizar las cosas de forma que la persona, como individuo y como miembro de un grupo, pudiera pasar a un modo de vida más humano que el que vivía, y conseguirlo lo más rápidamente posible y con el menor coste. Es el desarrollo al servicio de la persona, no orientado solo a producir más. Sería largo seguir la pista a toda su ética del desarrollo. No es mi intención. Solo quería poner de relieve cómo la pregunta es el primer motor de la ética, una pregunta que va más allá de lo inmediato y de lo medible, una pregunta que nos saca de las inercias a las que nuestra cultura nos somete.

 

Ildefonso Camacho SJ

Universidad Loyola Andalucía

Artículo incluido en la edición de abril de Agenda de la Empresa