La ética es una dimensión inherente a toda actividad humana, y por consiguiente también a la vida profesional. Esta dimensión se hace realidad siempre que tenemos que decidir entre diferentes alternativas, siempre que ponemos en juego nuestra libertad. Y me parece útil que nos detengamos en desentrañar lo que implica esta afirmación, sin desecharla por obvia o demasiado teórica. Es frecuente que ocurra así, sobre todo cuando la vida cotidiana nos impone un ritmo que apenas deja espacio para detenerse y tomar distancia. Pero la ética implica, ante todo, tomar distancia respecto a esa vorágine en que vivimos inmersos.

Para algunos, la ética se reduce a grandes principios, convicciones inconmovibles. Tales principios no carecen de valor. Solo que, por muy absolutos que puedan ser, su aplicación no siempre es evidente o automática. No bastan para resolver los problemas complejos que la realidad nos pone por delante.

Para otros, la ética es una cuestión tan personal que apenas cabe sino el respeto a la diversidad de criterios y convicciones de unos y otros. Ahora bien, esto, llevado al extremo, implicaría que la sociedad es un conjunto de individuos desconectados entre sí, que pueden vivir como mónadas independientes… Y esa no es nuestra sociedad…

Frente a estas dos posiciones, insuficientes para nosotros, introducimos una perspectiva más realista: la ética exige deliberar. Esta es la clave de la decisión ética, ni el automatismo del principio ni el respeto indiferente a lo que los otros piensan o hacen. Para decidir hay que deliberar.

La deliberación es un proceso. Requiere tiempo, y requiere ciertas condiciones, como camino para llegar a decidir.

La deliberación requiere, en primer lugar, el análisis de la realidad, captada en toda su complejidad. Es el reto de aceptar que la realidad es más compleja que nuestra percepción de ella. No hay signo tan convincente de nuestra honestidad como este aceptar que mi percepción es parcial.

Por eso, la deliberación invita, ya en esta primera aproximación a la realidad, a abrirse a otras percepciones de la misma. Ese saber enciclopédico que nos sorprende en nuestros antepasados, es hoy imposible. El que se acerca a una situación como hombre de negocios no la percibe con los mismos matices que el jurista o el psicólogo. Es una obviedad decirlo, pero ¿cuántas veces nos olvidamos de ello en la práctica?

La deliberación exige, además, no ceñirse a los hechos, como si estos fueran neutros. Porque los hechos están estrechamente vinculados con valores. Y los valores son cualificaciones morales que no nos dejan indiferentes ante los hechos. Un ejemplo: un inmigrante que pretende limpiar nuestro parabrisas no provoca en todos los conductores la misma reacción, incluso entre quienes no aceptan su ofrecimiento.

Esta no neutralidad de los hechos complica aún más la realidad sobre la que deliberamos. Porque en ella se ponen en juego, no solo hechos diferentes que entran en conflicto, sino valoraciones distintas de ellos. Los distintos sistemas de valores que coexisten en sociedades tan plurales como las nuestras hacen más complicado el llegar a una decisión entre alternativas diferentes.

Si hay un principio que parece imponerse en coherencia con este pluralismo de cosmovisiones es el buscar soluciones que respeten al máximo esas cosmovisiones diferentes, evitando que nadie salga perjudicado. Pero esto no es fácil. Exige eso tan solicitado por la ética del diálogo: el hacer presente de forma efectiva la voz de todos los afectados.

Al llegar aquí cabría preguntar: ¿será posible llegar a una solución convincente para todos? Habría que decir mejor: a una decisión prudencial. La prudencia es la virtud que nos conduce en condiciones de incertidumbre: nos lleva a decidir, porque no podemos vivir sin tomar decisiones, pero a hacerlo con la conciencia de que nuestra decisión no es irrefutable. Por eso, el prudente sabe también rectificar: y eso no lo ve como fracaso o equivocación, sino como honestidad con una realidad que nos va descubriendo siempre nuevos aspectos de ella misma.

Ser éticos, actuar éticamente, no siempre implica ni permite decidir con rapidez y seguridad absoluta. Significa poner en juego nuestra libertad en situaciones complejas. Significa arriesgar en un mundo de incertidumbres. Significa estar siempre abiertos a una realidad mayor que nosotros.

 

Ildefonso Camacho SJ

Universidad Loyola Andalucía

Artículo incluido en la edición de marzo de Agenda de la Empresa