En este rincón de la ética se me ocurrió el mes pasado relacionar a Pedro Casaldáliga con la empresa, una relación a primera vista algo paradójica y provocativa. Pero creo que esta intuición da juego para más…

Es cierto: en la economía convencional se define la empresa como una institución cuyo objetivo es maximizar el beneficio. Algunos criticarán esta visión considerándola demasiado simplificadora. Pero está tan difundida…

La pregunta es: ¿responde esa concepción a la realidad? ¿ayuda a entenderla adecuadamente? ¿no estaremos ignorando parte de una realidad más compleja? Más aún, ¿y si de tanto insistir en esa visión estamos incidiendo sobre la realidad y condicionándola, como obligando a las empresas a adoptar ese esquema? Entonces el discurso científico/descriptivo (que pretende entender la realidad) se convertiría en ético/normativo (indicando cómo conviene que sea).

Tomando una cierta distancia, histórica y crítica, observamos: 1) que las cosas no han sido siempre así; 2) que, aún hoy, siendo esa la forma dominante, existen otros tipos de empresa.

¿Qué pensar de las cooperativas, al menos las más fieles al modelo originario? ¿Y de la empresa pública? ¿Dónde metemos al llamado “tercer sector”?

Esa empresa cuyo objetivo primero es la maximización del beneficio responde a la lógica del capitalismo más duro. Aun así, esa búsqueda del lucro está sometida a restricciones: tiene que hacerse respetando las leyes, pagando los impuestos, no explotando al trabajador ni engañando al consumidor… Son restricciones que afectan al propósito de maximización. Es más, la responsabilidad social corporativa, hoy tan en boga, puede ser entendida como una restricción más, con ciertas contrapartidas intangibles (mejora de la imagen, confianza de clientes…).

¿Y no hay instituciones sin fin lucrativo? Algunos las llaman empresas civiles o empresas orientadas a proyectos. Ahora el objetivo es el desarrollo de un proyecto a medio/largo plazo, proyecto que tiene valor en sí (educativo, sanitario, medioambiental…). También aquí existen restricciones, que ahora son precisamente las económicas: hay que pagar salarios y otras contribuciones incluso de capital, garantizar la sostenibilidad del proyecto…

Son dos modelos parecidos en su organización: solo que propósito y restricciones se invierten. Lo que en la empresa lucrativa era el propósito, en la empresa orientada a proyectos es la restricción, y viceversa.

¿No está la empresa pública más cerca del segundo modelo que del primero? Su objetivo no es maximizar el beneficio, pero sus restricciones económicas son obvias: así se refleja, por ejemplo, cuando criticamos la mala gestión y despilfarro con que funcionan algunos entes públicos.

En el contexto de la crisis actual del Estado social es bueno recuperar esta visión más amplia y diversificada de empresa. Entre los inconvenientes que se han seguido del desarrollo del Estado social -modelo tan positivo y valioso en muchos aspectos- se cuenta esa idea tan difundida de que lo que no se puede gestionar desde la lógica del beneficio debe asumirlo el Estado. Pero eso no es sino un empobrecimiento de la sociedad, que queda reducida a la polarización mercado/Estado: la producción de bienes y servicios la hace o el mercado con su lógica mercantil o el Estado desde presupuestos no lucrativos.

La crisis del Estado social está desempolvando modelos de empresa, a las que ni siquiera queremos llamar así. Las designamos como organizaciones no gubernamentales o instituciones sin fines de lucro: las calificamos por lo que no son, no por lo que son. Pero ¿no son empresas que prestan un servicio a la sociedad, sin hacer de ello un medio para obtener ganancias económicas? Cabría llamarlas empresas sociales o empresas de iniciativa social. Funcionarían en el mercado, como las demás, y competirían con ellas.

No olvidemos tampoco el efecto de todo esto sobre el debate público/privado. Superaríamos esa dicotomía estrecha y pobre de que lo privado responde siempre a intereses particulares de ganar dinero y poder, mientras que solo lo público se ocupa de los intereses generales de la sociedad. Y si hay iniciativas sociales que no encajan en este esquema, han de ser marginales y toleradas con recelo.

Ciertos “socialismos” que piensan así no han logrado superar los rígidos esquemas del capitalismo que tanto critican. Se olvidan de la sociedad civil y solo cuentan con el Estado.

Ildefonso Camacho SJ | Universidad Loyola Andalucía

Artículo incluido en la edición de octubre de Agenda de la Empresa