Ildefonso Camacho SJ – Universidad Loyola Andalucía

¿Cabe decir todavía algo relevante sobre la pandemia que ha marcado el año que pasó? ¿Sería preferible limitarse a afirmar que ha sido un año para olvidar? Me atrevería a decir: olvidarlo sin más, no; conviene sacar algunas lecciones, que ayuden a mirar al futuro sin desaliento. Desde mi perspectiva ética, creo que 2020 nos ha ayudado a comprender mejor la relevancia de algunos principios morales, conocidos sí, pero no siempre leídos desde situaciones concretas. Me refiero a dos: solidaridad y subsidiariedad.

La crisis del coronavirus ha puesto de manifiesto con dramatismo hasta dónde somos interdependientes. Nuestra pretendida autosuficiencia es un sueño.

Interdependencia significa que compartimos los problemas (porque el virus, una vez que apareció en escena, no respetó ya ninguna frontera) y que no podemos resolverlos unos ignorando lo que hacen los demás. En los momentos más álgidos de la pandemia se ha invocado la solidaridad: este problema, o lo resolvemos para todos o no lo resolvemos para nadie. Este mundo es así de interdependiente.

Esta solidaridad se puede vivir a muchos niveles, desde los más cercanos, como son el familiar o el local. Y se puede vivir por razones muy distintas: por filantropía o egoístamente. Nosotros lo hemos vivido del modo más interesado; no para salvar a los otros, para salvarnos nosotros.

La interdependencia, tan dramáticamente experimentada en estos meses, nos ha llevado a la solidaridad, pobre y tacaña, pero solidaridad. Quizás esta vivencia ha interpelado nuestra sensibilidad más humana y nos ha hecho sentirnos más solidarios en un destino común, que no conoce fronteras de territorios, razas o niveles de desarrollo.

Esa solidaridad, además, exige la implicación de todos. Y eso nos pone en camino para la subsidiariedad. Subsidiariedad significa que los ciudadanos no podemos quedar abandonados a nuestro propio destino para que cada uno aborde sus necesidades valiéndose de sus recursos; pero significa también que los poderes legítimos en las sociedades organizadas no pueden hacerse cargo de todo como si dispusiesen de todo el poder científico y de recursos ilimitados.

Una vez más la pandemia ha hecho rebrotar el debate -como siempre, demasiado cargado ideológicamente- entre lo público y lo privado. Dicho en forma caricaturesca: el ámbito de lo que nos corresponde por derecho frente al ámbito donde solo funcionan los intereses particulares. Nunca el Estado ha movilizado tantos recursos para hacer frente a urgencias inaplazables: y lo ha hecho movilizando personas, conscientes de su responsabilidad y entregadas a su servicio, y recabando recursos económicos que sabe Dios cuándo llegaremos a devolver. Pero junto a ese descomunal esfuerzo público, ¿cuántas iniciativas han surgido desde la creatividad de unos y otros para salir de situaciones extremas que no solo implicaban a los interesados?

Hemos comprendido que el Estado (con el aparato de la administración pública) organiza, encauza, controla, tutela, promueve, suple: verbos todos que aluden a una función de complementariedad, pero que evitan una omnipresencia de los poderes públicos que llegase a ahogar toda iniciativa y a reducir a los ciudadanos a sujetos pasivos que mendigan derechos.

Nuestra experiencia de la pandemia nos ha hecho comprender en la práctica nuestra responsabilidad de ser solidarios y nuestro deber de aportar lo que cada uno pueda desde su insignificancia social. Gracias a ello la sociedad sobrevive: no solo porque las instancias públicas han intervenido con medidas extraordinarias, sino porque los ciudadanos han puesto en juego, de forma callada y sin aparecer en las pantallas de televisión, su creatividad y generosidad. La pandemia de coronavirus no se habrá acabado con el año 2020, ni sabemos cuándo y cómo la daremos por superada. Ahora bien, junto a tanta noticia dramática y tanta amenaza disfrazada de noticia, hemos ido descubriendo que la crisis, como toda crisis, es también una oportunidad. De hecho, estos diez meses no han enseñado cosas que nos servirán para el futuro. No han sido lecciones teóricas, sino experiencias en la lucha por sobrevivir en un contexto de inseguridad y de incertidumbre. Además de criticar lo mal que lo han hecho unos y otros (¿hay algo más fácil que eso?), hemos aprendido que el futuro, no solo puede, sino que debe construirse desde la solidaridad y la subsidiariedad.