La perspectiva que nos da mirar las cosas desde la distancia del pasado es una ayuda para comprender el presente. Y no hay que remontarse a la Edad Media… Basta, para el tema que es hoy objeto de mi reflexión, alejarse a los años del desarrollo en nuestro país, los años 1960 y 1970.

Avanzábamos con ilusión hacia la sociedad de consumo. Y eso significaba que capas extensas de la población podían por fin acceder a bienes de consumo duradero (lavadora, frigorífico, televisor o “el 600”). El consumo de esos aparatos nos liberaba de servidumbres de otros tiempos o nos abría a posibilidades inéditas. Y el acceso a ellos era una forma de integración en la sociedad. Y la extensión del Estado social contribuía decididamente a esta integración garantizando a todos la cobertura de ciertas necesidades a las que hasta entonces habíamos tenido que hacer frente solo desde nuestros recursos particulares: eso ocurría ante todo en el terreno educativo y en el de la asistencia sanitaria; también en políticas que favorecían el empleo, de modo que el disponer de un trabajo nos daba derecho a una renta (para el consumo) y a ciertos derechos vinculados al hecho de trabajar (los derechos sociales).

Este cuadro, que sin duda tenía también sus sombras, era estimulante: ¿no habíamos entrado por una senda que se presumía estable y duradera para el futuro, con un modelo capaz de eliminar rupturas y enfrentamientos del pasado y avanzar en la cohesión social?

La realidad de hoy no parece dar la razón a estas expectativas. Es evidente que la crisis reciente parece haber quebrado esa dinámica integradora. Y es que la superación de la misma, de la que tanto se habla, no beneficia a todos y genera lo que muchos llaman procesos de desvinculación social (lo opuesto a la integración de que antes hablábamos). La falta de trabajo y la reducción de las prestaciones sociales son su mejor expresión.

Pero no quiero fijarme en estos efectos sociales de la crisis, no superados, sino en el otro factor mencionado: el consumo. ¿No ha cambiado de función? Ocurre tantas veces eso con las palabras… Con el paso del tiempo cambia su sentido y la función de la realidad que representan.

En términos generales, el consumo ya no es la vía para superar la penuria, ni para satisfacer necesidades perentorias. El consumo se ha convertido en un medio para hacer frente a deseos por lo general inmediatos, que con frecuencia responden a necesidades inducidas desde fuera.

Es un consumo compulsivo. No responde a una consideración serena de las necesidades, sino a deseos fugaces, cuando no a meros caprichos.

El fenómeno de la publicidad, tan vinculado al consumo de masas, merece también una reflexión desde nuestra condición de ciudadanos. Poder comprar bienes para nuestras necesidades básicas nos hacía más libres. Hoy el consumo no nos hace más libres: más bien nos domina con sus estrategias y termina por esclavizarnos. Tendríamos que recuperar la libertad frente al consumo y a tomar distancia frente a todas sus argucias.

Cuando uno las contempla con frialdad descubre cómo enredan al consumidor para inducirle a comprar (dos por el precio de uno, un vale para la próxima compra…), cómo programan la sustitución de un bien por otro (modas, obsolescencia programada…), cómo se afanan por obtener datos sobre la vida privada del ciudadano, etc.

Es cierto que una sociedad que consume genera actividad económica y crea empleo: es un proceso que se retroalimenta. Pero sabemos también que esta lógica no es matemática ni funciona de modo automático. Estamos creciendo, sí; pero ¿estamos creando al mismo tiempo el empleo deseado? ¿No cabría estimular la producción de servicios más que la que implica consumo de recursos naturales?

El consumo hoy tiene efectos perversos, que no se pueden disimular invocando una mayor actividad económica en la sociedad, ni un mayor bienestar en los ciudadanos. Esos son discursos que corresponden a tiempos pasados, al menos para nosotros, porque hay pueblos que todavía se debaten en alarmantes niveles de pobreza para los que el consumo está lejos de ser un lujo. También esta perspectiva podría ayudarnos a valorar nuestro consumo en sus adecuadas proporciones.

Ildefonso Camacho SJ | Universidad Loyola Andalucía

Artículo incluido en el número de febrero de la revista Agenda de la Empresa

Artículo incluido en la revista de marzo de Agenda de la Empresa