El título de esta página lo he tomado del VIII Informe FOESSA sobre exclusión y desarrollo social en España. La expresión me parece sugerente porque, al tiempo que reconoce haber salido de la crisis que se inició en 2007-2008, denuncia que no todas sus secuelas han sido superadas. Y no es atrevido adelantar que, una vez más, esas secuelas se han cebado en los colectivos más vulnerables.

No es superfluo recordar que los informes de la Fundación FOESSA se remontan a 1955. Si su objetivo desde el comienzo fue el análisis de la estructura social de España, desde 1995 han venido prestando una atención especial a la exclusión. Y, entonces como hoy, les anima una inspiración ética: superar una visión economicista del desarrollo. Esta preocupación conecta de lleno con esas consecuencias de la crisis en la poscrisis.

Las dimensiones del Informe (598 páginas) me imponen hacer una selección para este comentario. Y me ha parecido de interés fijarme en la hipótesis expuesta: estamos en un momento de clara mutación social, que obviamente suscita incertidumbre y aumenta los riesgos de exclusión.

Dicha mutación se expresa en términos de desvinculación social. Porque asistimos a la quiebra de un modelo de sociedad que parecía definitivamente instalado y configurado en el último cuarto del siglo pasado. Es más, la crisis que afecta al modelo se ha extendido a los valores que lo fundamentaron.

Aquel modelo supuso un avance destacado en cohesión social, gracias al progresivo reconocimiento de los derechos humanos de las tres generaciones y a la consolidación de la economía social de mercado y del Estado de Bienestar, sustentado todo ello en una democracia representativa. No debe desdeñarse la contribución de la tradición cristiana y de su doctrina social. Posteriormente nuevos movimientos emergentes incorporaron elementos tan esenciales como la reconsideración del papel de la mujer y la atención al medio ambiente. Y a escala planetaria los Objetivos del Desarrollo del Milenio y los Objetivos de Desarrollo Sostenible han constituido más recientemente un intento, tímido sin duda, de establecer las bases para una nueva comunidad mundial. No puede minusvalorarse el papel de la cooperación y la solidaridad como valores legitimadores del modelo.

Pero hoy vivimos en un escenario diferente. Cinco rasgos podrían definirlo:

a) La crisis se ha abordado (y resuelto, a tenor de cierto discurso dominante) de forma tecnocrática y economicista, con escasos acuerdos sociales y dejando muy en segundo plano los mecanismos de solidaridad. La atención efectiva a los derechos humanos se debilita; el sujeto de los derechos queda reducido a productor y consumidor.

b) Las instituciones públicas (especialmente, partidos políticos) están muy cuestionadas en su legitimidad, y no solo por los casos de corrupción. Ello está haciendo muy difícil encontrar vías para el gobierno (lo estamos viviendo muy dramáticamente estos meses…).

c) Ganan terreno los particularismos, muchas veces fuertemente reactivos, y los brotes de xenofobia.

d) La globalización avanza como una liberalización de los mercados pero sin encontrar unos mecanismos de gobernanza que se responsabilicen de los intereses generales de la sociedad mundial (del bien común universal).

e) Se impone cada vez con más fuerza una visión individualista de la existencia personal y de la organización social. Una de sus manifestaciones más relevantes es el dominio indiscutible de la competitividad (no de la competencia) sobre la colaboración.

El precipitado final de este conjunto de vectores interactuando conjuga una intensa desconfianza conviviendo con fuertes dosis de indignación. Por eso el Informe apuesta por un horizonte ético, por una pedagogía de la indignación y de la esperanza.

Invocar un horizonte ético implica reconocer que para salir realmente de la crisis no bastan las medidas económicas y técnicas, si ignoramos el debate sobre los valores vinculados a estas medidas: vinculados en un doble sentido, porque si los valores dan legitimidad a las políticas al mismo tiempo son socializados y reforzados por ellas.

El Informe que comento aporta sugerencias para reorientar esta mutación social, aun sabiendo que no se trata de reconstruir un pasado ya irrecuperable. Pero yo solo he querido destacar la dimensión ética que lo inspira: que no resuelve los problemas, pero nos ayuda a captar sus verdaderas dimensiones.

Ildefonso Camacho SJ | Universidad Loyola Andalucía

Artículo incluido en el número de octubre de la revista Agenda de la Empresa