Todos hemos contemplado este verano el espectáculo de esos incendios terroríficos que asolaban la Amazonia. Casualmente esta tragedia casi ha coincidido en el tiempo con la celebración de un sínodo especial para la Región Panamazónica, convocado por el papa Francisco, que se desarrollará en Roma entre los días 6 y 27 de octubre. Esta coincidencia me invita a compartir la reflexión que sigue.

Desde que el sínodo fue convocado, en octubre de 2017, se ha desarrollado un largo proceso de reflexión en el que han intervenido muchos actores implicados. El tema central se ha formulado como “Amazonia: nuevos caminos para la Iglesia y para una ecología integral”. La finalidad de todo este proceso es, en primer lugar, replantear el lugar y la acción de la Iglesia en aquellos territorios tan particulares. En este sentido, pudiera pensarse que afecta exclusivamente a la Iglesia católica y a sus miembros. Pero, en las actuales circunstancias, este evento eclesial es una contribución de mucho mayor alcance y una invitación a afrontar problemas que nos afectan a todos, sin duda también a los “no amazónicos”. Tres aspectos quisiera destacar, que ayudarían a calibrar la magnitud de lo que está en juego.

Primer aspecto: la realidad tan peculiar de la Amazonia. Son tres millones de indígenas (menos de la mitad de Andalucía) que hablan unas 330 lenguas distintas y viven dispersos en un inmenso territorio de cerca de 7,5 millones de kilómetros cuadrados (casi 15 veces España). El territorio se extiende por nueve países distintos: Brasil, Bolivia, Perú, Ecuador, Colombia, Venezuela, Guyana, Surinam y Guayana francesa. Es una unidad territorial, de escasa densidad poblacional, que rompe los esquemas de la clásica división de naciones y Estados. ¿Quién asume, entonces, la responsabilidad de esta región?

Segundo aspecto: la Amazonia es expresión dramática de las grandes paradojas de nuestro mundo. Por una parte, un inmenso territorio riquísimo en recursos, que es considerado el pulmón del planeta, realidad irremplazable para la supervivencia de la humanidad. Por otra parte, esa gigantesca reserva de recursos es considerada por muchos como cantera a explotar y a saquear, sin apenas tener en cuenta las costumbres ancestrales de sus habitantes y los derechos que hoy se les reconocen como seres humanos.

Tercer aspecto: aquella realidad humana y cultural tan distinta de la nuestra cuestiona y relativiza nuestra forma de entender el mundo y la relación del ser humano con la naturaleza. En este contexto de crisis medioambiental no deberíamos desentendernos de todo eso como algo ajeno a nosotros y en sí mismo pintoresco.

Todo lo dicho podemos resumirlo en el término globalización, hoy tan familiar. Globalización equivale a interdependencia que nos vincula a todos en el planeta: un término con contenido inicialmente económico (reducción de fronteras y liberalización de mercados), pero con connotaciones políticas (Estados más débiles) y culturales (una cultura dominante e invasiva). En este mundo globalizado constatamos cómo la economía impone su ley sobre la política y la cultura (mercantilización de la sociedad en todas sus dimensiones).

Ahora bien, si globalización es un término más bien técnico, hay otro que le es cercano y tiene un carácter inequívocamente ético: la casa común. Un mundo globalizado debe ser gestionado convenientemente para que la globalización sea una oportunidad para todos y no una dinámica más que genera desigualdades. La casa común, en cambio, debe ser cuidada. La primera es una tarea hoy ineludible; la segunda aporta el espíritu que inspiraría la gestión de ese mundo globalizado.

La Amazonia encarna perfectamente esta realidad de nuestro mundo y las exigencias que implica: la gestión desde el cuidado, y no solo desde la lógica económica de una eficiencia cuantificable. Y el sínodo sobre la Región Panamazónica es una ocasión no solo para que la Iglesia repiense su misión evangelizadora en aquel territorio. Es también una oportunidad para que todos los “no amazónicos” nos sintamos responsables, no solo de la Amazonia, sino de la casa común: de esta aquel territorio es símbolo, a la vez, de su riqueza y de su vulnerabilidad. “Buscar nuevos caminos para una ecología integral”, como se propone el sínodo, es responsabilidad que nos incumbe a todos como moradores de la casa común.

Ildefonso Camacho SJ | Universidad Loyola Andalucía

Artículo incluido en el número de octubre de la revista Agenda de la Empresa