A la vista de los resultados obtenidos en las recientes pruebas de acceso a la Universidad (Selectividad, convocatoria de junio) -con exclusión de un examen oral de idioma moderno, no lo olvidemos- se podría deducir un nivel de competencia lingüística muy alejado de la realidad, ya que no se mide la capacidad audio-oral del candidato, algo esencial a efectos de comunicación. La ausencia de una prueba oral -caballo de batalla del aprendizaje- es un despropósito permitido por la Administración, tan rígida en algunas cosas y tan laxa en otras de su competencia. Hoy en día, la abundancia de medios técnicos fiables permite valorar la capacidad de comprensión, lo cual significa la elección del material adecuado -más que abundante, si se me permite- pero, en cualquier caso, se trata de un problema de organización que evalúa la destreza lingüística del alumno.

Inevitablemente, cabe preguntarse: ¿Cómo es posible que tras ¡12 años! -primaria, ESO y Bachillerato- de estudio obligatorio de un idioma, los alumnos sean incapaces de mantener una conversación -menos aún de debatir- en torno a un tema de mediana complejidad? He aquí una de las razones que explican la proliferación de las academias de idiomas.

  • De modo indirecto, se suele insistir en la traducción como método de aprendizaje, obviando el uso de sinónimos y antónimos, la construcción de frases en las que intervienen las palabras y expresiones recién incorporadas o incluso definiciones que estimulan la comprensión y la creatividad.
  • La obtención del B-1 es todo un logro, y no digamos el B-2, poco menos que inaccesible. El C-1 (advanced) y el C-2 (proficiency) que, teóricamente, se corresponden con el nivel del Bachillerato, son metas prácticamente inalcanzables  tras ¡12 años! -perdonen la insistencia- de estudio obligatorio.
  • Tampoco se fomenta el uso del diccionario monolingüe, que ayuda a integrar las palabras en un contexto natural que, al propio tiempo, amplía el campo semántico del alumno, enriqueciendo un léxico cada vez más empobrecido que impide entender lo que se lee, un fenómeno al que no son ajenas las llamadas nuevas tecnologías.
  • Otro punto de apoyo -el material audiovisual- no debería limitarse a un simple visionado, sino que ha de ir precedido de una introducción en el tema, seguida de un tiempo de debate a fin de consolidar el dominio del vocabulario recién abordado. Se trata de un proceso lento por cuanto la asimilación de nuevos conceptos requiere ciertas dosis de reiteración.

Volviendo al tema que nos ocupa, resulta inexplicable la ausencia de exámenes orales en las pruebas de acceso a la Universidad. En la época del preuniversitario -y aún con las lógicas limitaciones técnicas- los alumnos tenían que superar un examen oral que no era un mero trámite, tal como se desprendía de las numerosas reconvenciones hechas in situ a los candidatos. Hoy, por fortuna, la abundancia y calidad de medios técnicos garantizan -como es el caso de los exámenes organizados por el British Council- la realización fiable (y no como sucede, por desgracia, en otros centros, que carecen de las mínimas garantías) de pruebas audio-orales, condición sine qua non para obtener la titulación. Su ausencia fomenta el enfoque ‘pasivo’ del idioma, despojado éste de su bien más preciado -también del más difícil de alcanzar: la comunicación oral, clave en las relaciones sociales-. Como consecuencia de este vacío curricular que ‘exime’ del dominio de la lengua hablada, la metodología se enfoca hacia un examen escrito, con sus dosis de rutina y sus inevitables limitaciones pedagógicas. Y si la legislación insiste en el uso del inglés (o del francés) como lengua vehicular en clase, el profesor recurre a aquello de: “¡Si no se enteran ni en español…!”.

Miguel Fernández de los Ronderos

Profesor y crítico/cronista musical

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