Quizás tengo que comenzar excusándome por tomar como base de estas reflexiones un reciente viaje a Centroamérica. Pero la vida y la experiencia directa enseñan más que muchas lecturas. Estuve en dos países por motivos diferentes: en El Salvador para impartir un curso de ética económica y financiera en la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas (UCA), una institución de la Compañía de Jesús; en Honduras, para visitar proyectos en marcha de la Fundación ETEA para el Desarrollo y la Cooperación. Dos experiencias distintas que inspiran esta reflexión.

Enseñar ética, sobre todo cuando los alumnos son ya profesionales en ejercicio, implica tomar distancia crítica respecto a la realidad y al trabajo de cada día. A veces tengo la impresión que lo que se espera oír a un profesor de ética son grandes principios que marquen pautas de comportamiento. Mi enfoque de la ética es más modesto y, quizás, más ambicioso: me contentaría con tomar conciencia del lugar que ocupa lo que uno hace en una perspectiva de más amplios horizontes, y dejar que esa realidad nos interpele sobre los condicionamientos y las consecuencias que desde ahí empezamos a entrever. Porque el profesional corre siempre el peligro de que lo inmediato y lo urgente impida entender las repercusiones de su actividad y de sus decisiones más allá de sus stakeholders más cercanos: los árboles le impiden ver el bosque. Por eso no es bueno trabajar en una empresa sin abrirse a la realidad del país en que se vive; ni realizar operaciones financieras sin haberse detenido a reflexionar sobre lo que es el mundo financiero y su función y sus relaciones con la economía real.

Como profesor de ética, siento siempre la necesidad de pasar de lo inmediato a lo mediato, de lo particular a lo universal, no para rehuir la realidad, sino para comprenderla en profundidad. Pero esta experiencia de necesidad de distancia crítica la viví pronto en confrontación con otra experiencia: la de lo concreto y particular.

En Honduras visité una sucesión de proyectos de cooperación de pequeñas dimensiones, a primera vista irrelevantes. ¿Qué significa, frente al azote del hambre en el mundo, que unos cientos de familias sean orientadas a través de las escuelas para mejorar las condiciones de alimentación de los niños (seguridad alimentaria)? ¿Qué peso tiene, en un mercado tan globalizado, que unos cuantos pequeños productores de café o de cacao se unan para mejorar su producción y sus canales de comercialización? ¿Qué alcance tiene, en países tan castigados por una violencia para la que la vida humana carece de valor, que unas cuantas mujeres encuentren una casa donde refugiarse cuando son víctimas de malos tratos domésticos? ¿O que las 42 familias de una aldea construyan una pequeña represa para instalar una central micro-hidroeléctrica que les permita algo tan elemental como tener electricidad? Y así hasta siete proyectos en marcha…

Al recorrerlos sentí el impacto de lo concreto, de lo que hace que personas con rostro, no cifras estadísticas, no solo mejoren sus condiciones de vida, sino experimenten que son capaces de hacerlo por sí mismos si adquieren ciertas habilidades y se avienen a colaborar entre ellos. En este sentido, me impresionó sobremanera el recibimiento que nos hicieron en algunas organizaciones que ya funcionan por sí mismas y que nos agradecían que, gracias a proyectos que nosotros lideramos en el pasado, hoy pueden valerse de modo autónomo.

Al mismo tiempo, criticaban a los que vienen de Europa sabiéndolo todo y con solución para todo. Oyendo y viendo todo esto, me reconcilié con esa palabra tan usada hoy pero que me parece lingüísticamente tan forzada: empoderamiento. ¡Cuánta verdad hay tras ella! Entre otras razones, porque remite a experiencias que muestran cómo el Estado y sus políticas públicas no son ya vistos como la única solución para tantos problemas.

Resumiendo: lo local y lo global. No podemos prescindir ni de lo uno ni de lo otro. En teoría quizás lo sabemos. En la práctica, porque somos limitados, hemos de aceptar que tendemos a refugiarnos en una u otra perspectiva. Pero no está de más que la vida nos dé oportunidades para asomarnos a una tensión que suele resultar incómoda porque nos saca de nuestras inercias.

Ildefonso Camacho SJ

Universidad Loyola Andalucía