Los editores del Diccionario de Oxford hacen público cada año la que consideran “palabra del año” por el uso abundante que se ha hecho de ella en los meses anteriores. En 2017 fue fake news; en 2016 había sido post-truth. Dos términos que aparentemente nada tienen que ver entre sí. Responden, sin embargo, a una misma tendencia, que invita a una reflexión ética.

El término fake news, en esencia noticias que son falsas, se aplica específicamente a aquellas que se difunden gracias a Internet o a otros medios, muchas veces con la intención de influir sobre la opinión pública y condicionar las posturas políticas de la gente. Si el término se ha popularizado hoy, ello se debe a la frecuencia y rapidez con que se difunde este tipo de noticias, gracias a dos circunstancias: falta un esfuerzo responsable por verificar si son verdaderas; suelen usarse para servir a intereses muy concretos por quienes son capaces de hacerlas circular. La intención de quien las difunde y la superficialidad de quien las recibe se alían para crear estados de opinión al margen de lo que tengan que ver con la realidad.

Este rasgo es el que relaciona las fake news con la posverdad. Tomamos también la definición del Diccionario de Oxford: “actitud de resistencia emocional ante hechos y pruebas objetivas”. Su uso masivo hace pensar que refleja un estado de cosas: cierto desinterés por la verdad. El “pos” parece indicar que eso de la verdad es cuestión superada, que nos situamos más allá de la preocupación por saber lo que es la verdad. Para vivir valen más las emociones o las creencias particulares, independientemente de que ello sea reflejo de lo real.

Dos referencias a autores conocidos. Ya Kant en el siglo XVIII se preguntó hasta qué punto el ser humano podía llegar al conocimiento de lo real. Y llegaba a la conclusión de que teníamos que contentarnos con el “fenómeno”, es decir, una representación de la verdad teñida por nuestras propias facultades humanas. Más radicalmente, un filósofo francés fallecido en 2007, Jean Baudrillard, hablaba de la “desrealizacion del mundo”: para él, lo virtual sustituye a lo real, ya que no es posible ni el control ni la verificación de lo que nos llega, de modo que no nos queda sino resignarnos a aceptarlo como real.

Si esa actitud de vivir instalados en la posverdad nos lleva a desentendernos de lo que es real, nuestro mundo se construye a base de apariencias, se subjetiviza: lo que importa no es lo que es sino lo que aparece. De este modo, no solo se pone todo el esfuerzo en construir nuestra imagen (independiente de lo que sea nuestra realidad): vivimos además en una profunda desconfianza de todo lo que nos rodea. Al instrumentalizar de ese modo la realidad, esta se desvanece vaciada de contenido ante un mundo de casi total subjetividad.

¿Es ese un mundo humano, humanizador? Hay quienes se quejan de que venimos de experiencias históricas donde la verdad se ha querido imponer con medios poco respetuosos de la libertad y de la dignidad humana. ¿Justificaría la renuncia total a la verdad para conformarnos con una mezcla de subjetividad y de tolerancia?

El término posverdad es inquietante si con él se quiere consagrar la renuncia a la verdad, por razones teóricas o prácticas. Frente al angelismo de pensar que la verdad, toda la verdad, está siempre al alcance de la mano, hay que afirmar que vivir en la tensión de búsqueda de la verdad es saludable y necesario. Nos ayuda a abrirnos a los demás, a hacer un camino en común, a no vivir en la desconfianza de todos encapsulados en nuestro propio aislamiento. La tolerancia, hoy tan valorada, no es renuncia a la verdad sino respeto a las personas, pero a personas que no son sujetos ajenos entre sí, sino capaces de comunicarse y de buscar una realidad que es más que la suma de nuestra propias subjetividades.

Ildefonso Camacho SJ

Universidad Loyola Andalucía