Andalucía es la tercera Comunidad Autónoma con altas tasas de abandono escolar.  Entre nosotros, el 21,4% de los jóvenes ni estudian ni trabajan. Mientras tanto, nuestros adolescentes usan las redes sociales cada vez más tiempo. Así, en España, más del 40% de los jóvenes españoles, de entre 14 y 24 años, pierden horas de sueño por estar en las redes sociales. Su estilo de vida pasa por relaciones online. Muchos tienen más amigos en Instagram que en la vida real. A través de este medio llega, también, el acoso vía online o ciberbulling. La generación Z prefiere Instagram, WhatsApp y YouTube. Surgen voces científicas que mantienen que ese seguimiento lastra el desarrollo cognitivo de los más jóvenes. La solución pasa, sin duda, por un uso responsable de las nuevas tecnologías de la información y comunicación.

Entre muchos jóvenes y no tan jóvenes se da el miedo a no ser considerado o valorado en las redes sociales; sin embargo, toda persona es más que un simple “me gusta”, hay que tener el valor de profundizar, de no vivir de forma superficial. Pero los “likes” son adictivos porque liberan dopamina. Cada vez más expertos nos plantean que la adicción a redes sociales y videojuegos crea daños irreversibles en el cerebro, muy semejantes al de las drogas, ésta es la realidad.

La adicción lleva a un síndrome de abstinencia cuando se está desconectado, generando malestar, malhumor, depresión, se complican las relaciones interpersonales e incide en el rendimiento académico o laboral. Por otro lado, el uso pasivo de redes sociales es negativo, te lleva a ver la vida de los otros, con los que te comparas. Por todo ello, en el contexto familiar y educativo, es muy importante ayudar al autocontrol de los jóvenes.

Viendo este panorama, y el que intuimos a nivel global, habría que valorar el riesgo de que los humanos acabemos cediendo el control de nuestras vidas a los operadores de las grandes plataformas digitales, a los gobiernos o a tecnologías inspiradas en la Inteligencia Artificial. Con las tecnologías digitales trabajamos, aprendemos, jugamos, nos entretenemos, compramos y, sin embargo, es difícil considerar los beneficios y problemas futuros asociados a la innovación tecnológica digital disruptiva. Porque la desigualdad social y económica está aumentando, incluso cuando la conectividad digital, gracias a los teléfonos móviles, se reduce.

Las tecnologías digitales están cambiando el mercado y los hábitos de consumo. Y, sin embargo, el analfabetismo digital es un problema creciente. Ya Manuel Castells señaló en los años noventa la gran brecha existente entre el “sobredesarrollo tecnológico” y el “subdesarrollo social”, y esta brecha sigue ampliándose. Sin duda, la Realidad Virtual es un desarrollo tecnológico que abraza la inteligencia emocional. Esperemos que el mercado, el estado y la sociedad civil aporten respuestas que disminuyan la disrupción, para que los efectos del cambio tecnológico sean positivos. Por ello, la equidad y la inclusión tienen que estar presentes en el mundo digital, para que los seres humanos conserven el control de su destino.

Enrique Belloso Pérez  | Director de Relaciones  Institucionales y Comunicación de CEU Andalucía

Artículo incluido en el número de febrero de la revista Agenda de la Empresa