Diversos estudios sobre la evolución económica y social a nivel mundial y, últimamente, un informe de la OCDE, han certificado la caída y reducción de las clases medias en los países del llamado primer mundo. En España, la clase media no supera el 50% de la población al igual que en Estados Unidos y Reino Unido; sin embargo, sí estamos por encima de nuestro entorno en las clases más desfavorecidas, difícil equilibrio. En realidad, nos situamos más cerca de estos países que los de nuestro propio entorno, como Italia o Francia.

El informe de la OCDE Bajo presión, la clase media exprimida es todo un baño de realidad que transmite dificultades añadidas a nuestro futuro común. Si nos fijamos en el ámbito laboral, la automatización sobre el empleo, provocará claros desajustes a medio y largo plazo. Los filósofos griegos mantenían que las clases medias dan estabilidad a la vida social y política de un país, pues moderan la vida económica, rebajan los populismos y contribuyen claramente a dar sentido y solidez al modelo social en el que vivimos.

Por otro lado, la quiebra o incluso la pérdida de las comunidades y las identidades compartidas alienta los nuevos discursos del odio y de la indiferencia entre pueblos y personas. Por eso, el filósofo político de Harvard, Michael J. Sandel, que el año pasado fue galardonado con el Premio Princesa de Asturias de Ciencias Sociales, nos recuerda que en los discursos y planteamientos públicos se debe ir mucho más allá del mero espectáculo para generar un diálogo genuino. Después de cuatro décadas de globalización, que de alguna manera minimizaron formas de identidad y de pertenencia, muchas personas se sienten que no pertenecen a ninguna comunidad concreta más allá de la comunidad global.  Esto de alguna forma ha generado un efecto rebote, generando un deseo de reafirmar la identidad nacional y otras identidades más específicas; pensemos en Europa, en nuestro país.

Al mismo tiempo, en el mundo globalizado y conectado, podemos caer en una gran paradoja, creer que las redes sociales podrían reemplazar la comunicación y el diálogo interpersonal, así como el debate político. Por eso, es importante generar sentimientos de pertenencia. Así, la soledad, a la que se asocia nuestro modelo actual de vida, es la consecuencia del fracaso de la comunidad, junto a la fragmentación de identidades compartidas.

Un camino para ir solventando esto, proclamado desde diferentes espacios de poder a nivel mundial, es la necesidad de regular adecuadamente el papel de los mercados, a nivel económico y político, dadas las consecuencias morales y sociales que provocan. Sin duda, todo ello ha influido y está influyendo en una insatisfacción generalizada hacia las fuerzas políticas de siempre y, al mismo tiempo, que cada vez las sufridas clases medias, o lo que queda de ellas, estén muy desencantadas y en gran medida indiferentes ante el devenir político y económico actual. Más allá de su preocupación de recuperar o, al menos, estabilizar sus expectativas de cara al futuro. Aristóteles ya lo dejó postulado, sin clases medias, crecen los populismos y los desequilibrios sociales; con una clase media amplia se fortalece la sociedad y todos ganan.

Enrique Belloso Pérez  | Director de Relaciones  Institucionales y Comunicación de CEU Andalucía

Artículo incluido en el número de junio de la revista Agenda de la Empresa